De la Cátedra al Silencio: El Pánico Frente al Aula

Hace apenas unos años, el mayor desafío de un profesor o profesora al entrar al aula era captar la atención de una generación distraída por el brillo de las pantallas. Hoy, el reto ha mutado en algo mucho más silencioso y paralizante: el miedo. No es miedo a la ignorancia, sino al malentendido. Es el pánico a que una palabra, un ejemplo histórico, una referencia literaria o una opinión académica sea sacada de contexto y termine convertida en una denuncia por “ofensa” en el tribunal de las redes sociales.

Hoy, muchos docentes potosinos —desde la educación básica hasta nuestras universidades— caminan sobre una cuerda floja emocional. Se ha instaurado la cultura de la “piel de cristal”, donde la línea entre el respeto necesario y la censura asfixiante se ha vuelto invisible. He afirmado en este espacio, y lo sostengo, que la verdadera generación de cristal somos nosotros, los que hoy tenemos hijos e hijas en las aulas. Nuestro afán de proteger, nuestras ganas de “ayudar” a nuestros hijos, nos han hecho educarles para no tolerar nada de nadie. Es cierto, no niego que en las aulas se han vivido verdaderas atrocidades por parte de quienes creen que el escritorio y el apuntador conceden autoridad sobre las almas y cuerpos de los  y las estudiantes, pero también es cierto que les hemos hecho intolerantes a escuchar cualquier opinión que difiera de lo que ellos y ellas creen. Ya se fueron esas épocas donde, ante, digamos un niño malcriado aventando bolillos en un restaurante, cualquiera podía decirle “Ey, chamaco, deja de lanzar eso”. Ahora todos vemos y callamos, porque antes la respuesta era “Hazle caso al señor, pórtate bien”, y ahora es “A usted qué le importa, viejo metiche”. O peor: se insulta al que corrige. Ya no permitimos educar en comunidad, por eso cuando un maestro corrige, ahora se pone a temblar.  Así, hemos cerrado espacios para el diálogo, para el intercambio de ideas, para la argumentación, que no necesariamente es discusión. Nosotros les hemos enseñado a ser de cristal. Esa es nuestra culpa, no de ellos. 

Ahora bien, la autocensura entre los docentes, sobre todos los que sí tratamos de preparar nuestras clases, ha llevado a clausurar ese laboratorio de ideas que deberían ser nuestros salones. El salón de clases, que por definición debe ser un espacio para incomodar al intelecto y cuestionar realidades, se está transformando en un campo de minas. ¿Cómo enseñar literatura sin rozar temas que hoy se consideran tabú? ¿Cómo hablar de historia, de política o de biología sin el temor de que un alumno se sienta “agredido” por la realidad de los hechos? Así, los profes prefieren autocensurarse, omitir el debate para salvar el empleo. Se ha optado por suavizar contenido para no herir susceptibilidades, perdiendo así rigor académico y peor, porque sin la confrontación de ideas, no hay aprendizaje real. Hay puro atole con el dedo. 

Hasta miedo me da escribir lo siguiente, pero me aguanto: educar no es complacer. Jamás estaré a favor de volver a esas épocas donde el reglazo, la palabra del profe tomada como si fuera la de Dios (en el que usted crea), o el acto denostativo se volvía el sinónimo de educación. Sin embargo, me alerta estar observando señales donde el péndulo se está balanceando hacia el lado opuesto. La educación no es un servicio de hotelería donde “el cliente siempre tiene la razón”. Educar es, muchas veces, confrontar al alumno con lo que no sabe o con lo que le incomoda pensar.

Si permitimos que el miedo gobierne la cátedra, terminaremos graduando a ciudadanos incapaces de tolerar la diferencia o de defender un argumento con lógica en lugar de sentimientos. Una sociedad que no permite que sus maestros hablen con libertad, es una sociedad que se condena a la miopía intelectual.

Al final, si todo nos ofende, nada nos enseña. Y en ese silencio impuesto, los que más pierden no son los maestros, sino esos mismos alumnos que creen haber ganado una batalla, cuando en realidad están perdiendo el derecho a pensar por sí mismos.