Vivimos en un estado de excepción que se prolonga y poco a poco se ancla como la normalidad.
La pandemia (el miedo al contagio, al sufrimiento, a morir) lo ha ido llenando todo, desde la vida pública a la vida privada.
Lo normal, ahora, es no hacer las cosas que normalmente hacíamos por la fuerza de la costumbre… una ola, otra ola, una más y otra ola más de contagios se instaura como escenario de una vida cotidiana que parece una prolongada noche de tensión en la que no aparece el amanecer en el horizonte.
La vida pública, entendida en su sentido clásico occidental, no logra retomar la fuerza para gestionar desde ahí las necesidades de lo social; v. gr., como la educación (que, se me figura, es el cordón umbilical entre generaciones; es alimento de la imaginación que permite colocarnos en el futuro por encima de las limitaciones de hoy) o, como la política (que nos permite la gestión de intereses y necesidades de unos en el marco de los derechos de todos).
Vivimos en un tránsito que va de una realidad que muere a otra que no acaba de nacer (parafraseando al poema hecho canción).
Para situarnos en el marco de esta columna, ¿Cómo han de ser los actos políticos que impacten las agendas públicas en el contexto de nuestro acontecer?
¿Transitamos de la expresión de las masas (los llamados actos vivos del pueblo, de la sociedad) a la expresión de las redes; de los acarreados a los bots (en el sentido de expresiones predefinidas y repetitivas en las diversas plataformas digitales)?
Por si fuera poco, el miedo al dolor, al sufrimiento, a la muerte, sitúa nuestra vida cotidiana no sólo desde el límite de la dimensión de los microorganismos sino, también, desde la dimensión de nuestros instintos depredadores que nos lleva a tratar de hacernos del poder por medio de la violencia, apoyados, muchas veces, desde la industria delictiva. La que, poco a poco, va instaurando el paradigma de la fuerza de unos frente al derecho de todos.
Una y otra dimensión, la de los microorganismos como la de nuestros instintos, escapan a la mirada sencilla e ingenua de nuestra vida simple, de nuestras acciones inmediatas motivadas por la ilusión de la felicidad (entendida como un estado de goce eterno- sin límite en el tiempo).
Así pues, y como no alcanzamos a mirar, nuestro entendimiento se nubla y damos lugar a los profetas que nos ofrecen un mundo que no es necesario conquistar con nuestro esfuerzo.
Para volver al marco de esta columna, ¿En dónde han de surgir los procesos políticos que permitan instaurar una nueva mirada sobre este mundo que nos limita en la individualidad?
Posiblemente, como lo afirmó el filósofo alemán GWF Hegel (1770-1831), el devenir – en este caso, de las formas de hacer política – se encuentra en el seno mismo de nuestro momento histórico; como una síntesis entre nuestra tradición y las condiciones que la impiden. Una síntesis que trascienda en nuevas formas de pensar y de hacer política.
Los escépticos creerán que no es posible; los ingenuos creerán que alguien vendrá para llevarnos a un mundo nuevo y, habrá los de que creen que el futuro está en nuestras manos.
Indudablemente, el campo político lo formamos todos: escépticos, ingenuos, osados e indiferentes… lo relevante es que usted defina su posición.
joseramonuhm@hotmail.com