Las Monarquías como forma de gobierno son tan antiguas como antiguo es el ejercicio del poder terrenal, hace siglos el Monarca consideraba que su poder tenía un origen divino y, por lo tanto, ilimitado, ya que por sus actos u omisiones sólo debía responder ante Dios.
Otra de las caractéristicas de aquellos viejos monarcas era el poder absoluto que concentraban, pues ejercían las tres manifestaciones clásicas del poder: legislaban ejecutaban la ley que ellos mismos creaban y por supuesto también la interpretaban, además de mandar sobre el ejército y disponer de la riqueza de su reino.
En una perversa simbiosis, eran coronados por los titulares del poder religioso al que pertencieran, la corona entonces significaba la potestad de hacer absolutamente todo lo que quisieran, sin más límite que su propia conicencia, -en el caso que la tuvieran-, claro.
Así, luego de las revoluciones religiosas y luego las liberales – burguesas, su poder de a poco se fue acotando, hasta pasar de monarquías absolutistas a monarquías constitucionales, transcurriendo dos guerras mundiales y pasando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que finalmente proclamó en 1948 que todos los seres humanos nacemos y permanecemos libres e iguales.
Luego entonces, ya desde 1789 las monarquías -sobre todo los europeas-, resintieron un desgaste natural ante el ejercicio de los derechos por parte de sus “súbditos”, de pronto la educación (ilustración) de a poco hizo cobrar conciencia de la realidad a esos súbditos antes obedientes, comenzaron a cuestionarse ¿por qué hay reinos y cortes celestiales? y ¿por que no habría Repúblicas Democráticas en los Cielos?, será acaso que el Dios garante del libre albedrío ¿no es demócrata?.
Ya avanzado el siglo XX, los tabús, -los pocos que quedaban-, que envolvían como un duro caparazón a las Monarquías comenzaron a disolverse, recordará Usted el escándalo entre los príncipes Diana y Carlos, ellos los que se enamoraron y vivieron tórridos romances extra maritales que cimbraron el Palacio de Buckingham y que por cierto le costó la vida a Diana, o como dejar de recordar la boda primero y luego la llegada al trono de Leticia esposa de Felipe como actuales monarcas Españoles.
Y es que hoy nos queda abolutamente claro que el discurso de la sangre azul de las casas reinantes se desmoronó, que el alto costo que implica la manutención de las monarquías es ya un tema de debate serio en los parlamentos, que si bien en Europa subsite una larga tradición respecto a la realeza, existe también ya un sentimiento de rechazo en los pueblos, de que sea a través de sus impuestos desde donde se provean los recursos que mantengan una clase que ha dejado de ejercer el poder y que se le comienza a tildar de parasitaria.
Una muestra de alta congruencia sin duda, fue la decisión que tomaron Harry y Meghan quienes renunciaron a su título de “Alteza Real”, pero además dejaron de recibir financiamiento público, estos dos jovenes ingleses son un buen ejemplo del ocaso de las monarquías.
De modo que, desde esta columna se seguirá inisitiendo que los Palacios fueron construidos para Monarcas, Reyes y Virreyes, vivir en uno en pleno siglo XXI representa absolutamente todo lo contrario al ejercicio republicano del poder, por ello se reconoce que los gobernantes -siéndolo- vivan en sus domicilios, que al dejar de serlo habiten sus Ciudades, caminen sus calles y sigan saludando a la gente que les vio crecer, quizá eso sea lo más gratificante del ejercicio del poder; los de las Monarquías, bueno, les pasará lo que a las cortes celestiales, y es que los ángeles junto con los demonios se tornaron demócratas, se recocieron derechos y organizaron elecciones.
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