Fue primero el templo de la Merced el que sucumbió frente a las barretas de la reforma liberal. Lo que no desapareció con la demolición, lo hizo con la dinamita que acabó hasta con los cimientos. Ningún trabajo costó al general González Ortega ordenar la destrucción de más de 200 años de historia.
Vino luego la revolución, con ella se desataron los demonios adormecidos, y algunos nuevos. Los pocos meses que por aquí se estableció Eulalio Gutiérrez, en calidad de gobernador y comandante militar, bastaron para que fuera destruido el templo de Nuestra Señora de los Remedios, en el barrio de Tequisquiapan.
Luego, y antes, otros templos fueron mutilados o desaparecieron frente a un progreso mal interpretad; frente a una ideología que por proclamarse liberal, no supo del respeto a joyas arquitectónicas. Con su pérdida, también se fue una buena parte del patrimonio artístico ahí alojado. Avatares de la historia.
No fueron, desde luego, sólo los ideólogos de la reforma juarista, ni los revolucionarios, los que orquestaron esto; la alteración y la destrucción también vinieron desde adentro.
En años pasados, nada lejanos, hemos visto cómo son modificados, y vandalizados, algunos templos, en aras de una modernización materialista, que sin ningún respeto alteran la fisonomía interior de los templos, buscando que estos antiestéticos cambios les reditúen unos cuantos pesos.
Así han sido modificados salvajemente: la capilla de la Acción Católica, el templo de San José, y el Santuario de Guadalupe, los cuales aparte de ser pintados con espantosas tonalidades, fueron llenados de condominios de interés social, que recibirían las cenizas de fieles difuntos, a cambio de vivas monedas. San Miguelito tampoco se salvó, las testimoniales lápidas funerarias fueron cubiertas sin ningún temor a Dios, por horrendo mosaico vidriado.
No olvidemos los populares murales del Santuario del Desierto, que fueron tapados porque disgustaban al capellán del lugar. Menos mal que no le disgustó el barroco retablo, o la antigua arquitectura del templo.
Es una realidad, entre curas y revolucionarios han compartido el mérito de la destrucción.
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Lo anterior viene a propósito de lo que ocurrió hace unos días en el templo parroquial de Soledad: la obra del pintor potosino José Cruz García, fue salvajemente intervenida por disposición del párroco del lugar.
En el año 2000, a solicitud del párroco de ese tiempo, el pintor realizó dos cuadros de gran formato para el referido templo. La obra de Cruz, geométrica y colorida, resaltaba en el interior del templo, al tiempo que evidenciaba su factura contemporánea; era precisamente lo que se buscaba.
Hoy sabemos, que al actual párroco consideró que el estilo de la obra no era acorde al recinto, y sin más, solicitó a otro pintor, que la modificara y diera un estilo antiguo. Ningún respeto hubo para la obra ni para el pintor.
La ignorancia es atrevida; la estupidez progresiva y galopante.
Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social, disfrútenlo, pero no se excedan. Haga sus compras navideñas con tiempo.