El periodismo suele quedar atrapado en un ciclo repetitivo de noticias, relatando historias que podrían haber ocurrido en cualquier momento de la historia. Entre ellas figuran las habituales crónicas veraniegas sobre fuertes lluvias que provocan el caos por inundaciones, o la visita de un presidente que asegura a la población local que «el gobierno está cerca de ellos». Sin embargo, entre las más trágicas se encuentran las incesantes noticias sobre asesinatos violentos de mujeres, que esta semana han vuelto a ocupar un lugar destacado en la agenda informativa tras la identificación del cuerpo de Tatiana Vanessa Almanza García, desaparecida el 28 de agosto en la capital Potosina.
Las estadísticas sobre los feminicidios son, francamente, más que alarmantes: en México, un promedio de 10 mujeres y niñas son asesinadas cada día. Además, rara vez se procesa a los responsables; se estima que hasta el 95 % de los casos de feminicidio quedan impunes. De hecho, menos del 3 % de los casos se persiguen activamente y solo entre el 1 % y el 2 % culminan en una sentencia penal formal. A diferencia de los homicidios en general, en los que predominan las armas de fuego, las mujeres víctimas de violencia de género tienen estadísticamente más probabilidades de morir por estrangulamiento, asfixia, ahogamiento o apuñalamiento. No obstante, las víctimas no son únicamente aquellas que pierden la vida, ya que siete de cada diez mujeres mayores de 15 años declaran haber sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Por consiguiente, la gran mayoría de las mujeres experimenta alguna forma de violencia real. No cabe duda alguna que se trata de una epidemia cultural y delictiva —también de carácter histórico— que no muestra señales de remitir.
Lo que resulta más que evidente a la luz de estas cifras abrumadoras es que se trata de una lacra social que debe abordarse como tal; un problema que exige un cambio cultural que abarque la educación, el ámbito laboral, las representaciones culturales, la política, la industria, etcétera. En resumen, el cambio debe producirse en todos los ámbitos y perseguirse con determinación para evitar que las futuras generaciones de mujeres sigan sintiendo y experimentando miedo por el mero hecho de haber nacido mujeres. Es una emergencia nacional, y se debe de tratar así.
En este contexto, es bien recibida la noticia del mes pasado donde la Secretaría de las Mujeres e Igualdad Sustantiva en San Luis Potosí, puso en marcha la estrategia Código Rosa en 508 tiendas OXXO, que funcionarán como puntos de acceso y difusión para mujeres que requieran atención ante una situación de riesgo o vulnerabilidad. Se trata precisamente del tipo de estrategia gubernamental que, al aprovechar el alcance de la infraestructura del sector privado, tiene la capacidad de ayudar a mujeres en situación de urgencia, visibilizar las problemáticas en cuestión y —cabe esperar— establecer, mediante la capacitación de todo el personal de OXXO, un nivel básico de conciencia entre los trabajadores que pueda trascender a otros ámbitos de su vida, ya sea pública o privada
El liderazgo es fundamental; y si bien a menudo aguardamos a que este tipo de priorización surja de los programas gubernamentales, lo cierto es que se necesitan faros en todas partes, y cuanto más alejados estén de los ámbitos habituales, mejor. Ya esperamos esto del gobierno, pero esa espera es una actitud pasiva; deberíamos exigir activamente. Del mismo modo, los grupos de mujeres realizan una labor extraordinaria, pero a menudo permanecen aislados debido a cuestiones de financiación o de contexto. El liderazgo ha de ser nuevo, audaz, innegociable y transversal a los distintos sectores. Debe ser inquebrantable. De no ser así, las noticias sobre otra mujer identificada y nombrada —o cuyo cuerpo jamás llega a encontrarse— están condenadas a repetirse en estas y otras páginas informativas, trágicamente, durante demasiado tiempo más..