Estoy frente a una disyuntiva. Cuando usted lea esto será martes, habrán pasado dos días desde el Super Tazón y quizá esto pierda vigencia dado que, a estas alturas, seguramente ya todo mundo escribió sobre el espectáculo de medio tiempo. Y, sin embargo, heme aquí, con Bad Bunny atravesado en la garganta y si no escribo, se me va a quedar ahí hasta el siguiente Super Bowl.
Muy bien sabemos que, de unos años para atrás, el show de en medio del Super Tazón ha sido más que un espectáculo para entretener. Se ha convertido en una manifestación pública para fijar posiciones. Se convirtió en algo político y por mí, está bien. En su momento, Beyonce lo usó para rendir homenaje a las Panteras Negras, Shakira y Jennifer López criticaron la separación de infantes migrantes de sus padres poniendo a cantar la hija de JLo dentro de una jaula, evocando las imágenes que en ese entonces conocíamos de los centros de detención. El del año pasado, con Kendrick Lamar fue un posicionamiento sobre identidad y poder afro en Estados Unidos. Pero lo de ayer, lo de ayer fue otra cosa porque nos pega cerquita del corazón.
Benito Antonio Martínez Ocasio utilizó su nombre completo, como hacemos los latinos, para dejar claro desde el minuto uno de dónde venía. El escenario en sí mismo, un cañaveral con su ya famosa casita, unos ritmos candentes, y unas pequeños escenarios dentro que a ningún latino nos dejaron indiferentes: desde un puesto de tacos, una localito de compra y venta de oro, un salón de belleza donde se ponían uñas, una boda, y, el que me gustó más, un niño en una fiesta dormido sobre cuatro sillas. Cualquier latino vivió esto de pequeño. Ninguna de estas escenas fue gratuita. Todas tenían un propósito más allá de hacer un llamado identitario. Cada una urgía al reconocimiento de una diferencia cultural que está presente desde siempre en un país como Estados Unidos. Fue una urgencia por el reconocimiento, decir “Aquí estamos, hemos estado desde hace mucho en el pleno corazón de su tradición más estadounidense. Somos parte de ustedes también.” Luego, el regreso al pasado: un chiquito parecido a una conocida foto de la infancia de Benito, viendo a Bad Bunny dando su reciente discurso de aceptación de Grammy, y luego él mismo entregando el trofeo a su yo infante, que, además, se parecía mucho a Liam Conejo Ramos, el pequeño de gorro azul detenido por ICE en Minnesota.
Enmarcado en otro contexto, el espectáculo hubiera carecido por completo de sentido; sin embargo, los últimos años han mostrado que la intolerancia, el racismo, el nacionalismo mal entendido, el desprecio por lo distinto han vuelto a colarse en el primer puesto del escenario global y ahora el foco de atención hemos sido mayoritariamente los latinos. Por eso, acabar los minutos mencionando uno por uno a todos los países del continente, incluidos Canadá y Estados Unidos y mostrar ese balón que tenía escrito “Juntos somos América”, dejó en claro el mensaje de esos trece minutos.
Es una pena que en general no me guste Bad Bunny. La verdad, creo que canta re mal, le entiendo a la mitad de lo que dice y eso que hablo español bien y tiene ciertas canciones cuyo contenido me da guácala; aunque confieso le he agarrado cierto gustillo a todo “Debí tirar más fotos”, que tiene una candencia sabrosona. Sin embargo, esto no era de esperar grandes voces (gracias, Lady Gaga) sino ver qué se iba a hacer con esos minutos donde gran parte del mundo observa el pulso norteamericano y Bad Bunny quiso mostrar que el continente somos todos. Y tiene razón. Así, que se tiren más medios tiempos.