Pues sí, no hay mejor evidencia de lo manifestado por el presidente AMLO, en su mensaje de este primero de septiembre, que la insidiosa crítica opositora al presunto equívoco de que se trata de un “primer informe” y no del tercero que, en efecto, suma el tabasqueño en su haber (los otros tuvieron lugar: cuando cumplió cien días en el cargo y, luego, el 1 de julio al celebrarse un año del triunfo electoral). Por supuesto que la referencia presidencial es para los grupos opositores más reaccionarios y derechistas, que no terminan de digerir la derrota sufrida en las urnas el año pasado, esos que abominan de una mayoría social-popular que está respaldando las medidas adoptadas por el actual gobierno federal y, por eso mismo, ven lejanas sus posibilidades de regresar a los tiempos en que podían imponer condiciones y chantajes en el derrotero nacional.
Cuando Enrique Peña Nieto promulgó su reforma energética, el entonces dirigente nacional panista, Gustavo Madero, se apresuró a señalar que se trataba de una “victoria cultural” del PAN, pretendiendo justificar la puñalada al pueblo mexicano con el “argumento”, sobradamente ideologizado, de que había que profundizar en el modelo neoliberal instaurado en el país, minando aún más el intervencionismo estatal y dejando que la “mano invisible” del mercado distribuyera la riqueza petrolera, postura de libre comercio que, según eso, sostiene el blanquiazul desde hace tiempo y en oposición al “nacionalismo revolucionario” de antaño. Después, cuando a Peña Nieto se le inquirió sobre el incremento de las prácticas corruptas en su administración, salió con un “argumento” similar… pero más barato, en el sentido de que la prevalencia de la corrupción es algo así como una “debilidad cultural”.
En todo caso, tanto el PRI como el PAN se autodefinían como los vencedores de un presunto cambio “cultural” que, supuestamente, llevaría al pueblo mexicano a la tan ansiada como postergada “felicidad”. Y el festín de los “vencedores” fue de dar miedo, coraje y ganas de “mandarlos al carajo” (AMLO, dixit) en la siguiente oportunidad electoral, toda vez que se despacharon con la cuchara grande y casi rematan el país completo en “venta de garage”. Creo que a esa “felicidad” se refiere el presidente AMLO, en términos de la capacidad popular de poner las cosas en su lugar y, en contraste, su definición del estado que guarda la batalla política actual no es la de asumirse con la arrogancia de una contundente victoria alcanzada, sino con el señalamiento de la derrota acumulada de los adversarios en términos éticos, esto es, sin la menor credibilidad de lanzar la piedra sin esconder la mano.
En esto último ha sido enfático el presidente AMLO, advirtiendo de la necesidad de ponderar el grado de legitimidad que puedan tener los dardos lanzados por sus enemigos, sin desconocer que hay un clima de libertad para decir lo que venga en gana, pero tomando de quien viene algún señalamiento interesado. Cuestión por demás obvia en cualquier tiempo y lugar, puesto que el ejercicio del poder no es neutro y, tampoco, la puja de quienes aspiran a él. En todo caso, ciertamente, hay que poner el interés nacional por encima de cualquier apetito de facción y eso puede incomodar a no pocos sectores que pretenden seguir teniendo influencia económica, política, mediática, criminal y de cualquier otra índole para hacer del país el botín de unos cuantos. Antes, la derrota moral fue de la sociedad, ahora es de esos sectores que, empero, estarán al acecho para tratar de descarrilar la cuarta transformación nacional.
Hay que reconocer que no todo es miel sobre hojuelas, que hay pendientes serios como el de la (in)seguridad pública, pero es alentador que se reconozca y se asuma el reto de lograr la paz social (ejemplo que deberían seguir no pocos gobernadores y alcaldes que se regodean en la autocomplacencia, negando el incremento de la criminalidad en sus feudos), así como otros graves problemas que, vale insistir, ya estaban desbordados de tiempo atrás, pero esos que ahora se rasgan las medias ni por asomo se atrevían a denunciar… estaban contentos con la desgracia de los demás.