No me refiero a Francisco García Cabeza de Vaca, Gobernador de Tamaulipas, a quien una obscura redacción constitucional ha hecho protagonista de uno de los más interesantes debates de controversia jurídico-constitucional de los últimos tiempos. ¿Cuál es el papel de las legislaturas estatales en los casos de declaración de procedencia (desafuero) de un gobernador a quien se le imputan delitos federales? Opiniones van y vienen y será la Suprema Corte de Justicia de la Nación la que resuelva en definitiva.
En esta ocasión quiero hablar del monarca desaforado, un personaje que obra sin ley ni fuero, atropellando por todo y a todos. En la historia encontramos muchos ejemplos de desaforados ejerciendo el gobierno.
Largo sería enumerar la gran cantidad de fallos y errores de Carlos I de Inglaterra y Escocia, en el siglo XVII. Fueron tantos abusos y actos voluntariosos irreflexivos, pasando por encima de todos, los que llevaron al Parlamento inglés a imponer limitaciones al poder del monarca, obligándolo a fijar convocatorias específicas en cuanto a tiempo para convocarlo y la no posibilidad de disolución sin el consentimiento del propio Parlamento.
El 4 de enero de 1642 el rey, encabezando una guardia armada, entró en la Cámara de los Comunes para apresar a varios de sus integrantes, todos opositores. Sus objetivos habían huido y, por tanto, no pudo lograr su propósito. Esto fue el preludio de que el 25 de octubre de 1642 estallara la guerra civil, encabezada por Oliver Cromwell, que concluye con el decapitamiento de Carlos I, luego de una sentencia del Parlamento que declaraba que no hay hombre por encima de la ley, ni aun un monarca.
La Roma imperial nos da un amplio catálogo de desaforados gobernantes, abusivos y arrolladores de todo tipo de norma o persona. Tiberio, Calígula, Nerón, Cómodo o Heliogábalo. Excesos, violencia, desprecio por la gente, todas son notas distintivas de estos personajes.
De todos ellos, sin duda, destaca Calígula, quien mató a su tío Tiberio y le robó el anillo imperial, con la complicidad de un guardia, Macrón, para proclamar que había sido designado sucesor del trono.
Proclamarse dios, hacer cónsul a su caballo, dar a su primo Gemelo, a quien asesinó a los pocos años luego de haberlo adoptado, a la muerte de Tiberio, su abuelo, son solo algunas de las referencias que tenemos de alguien que, en la pérdida de la cordura que obsequia a muchos el poder absoluto, actuaba desaforadamente.
Calígula dio mucho poder a sus militares cercanos, la Guardia Pretoriana, a la que, no obstante, humillaba y sometía a sus locuras de manera indiscriminada; tanto, que fueron justamente los pretorianos quienes le dieron muerte al emperador, a su esposa y a su hija de dos años de edad.
¿Y qué decir de Erik XIV de Suecia? Acusó a su hermano de traición, lo que le llevó a creer que había conspiradores por todos lados. En esta dinámica, creó un Tribunal de Justicia propicio a sus fines y se convirtió en el instrumento persecutoria a quien su delirio señalaba como adversario.
Entró en conflicto con una familia noble, encarcelando a algunos de su miembros, para luego pedirles perdón y, finalmente, cambiar de opinión y asesinarlos. Veía conspiraciones e intrigas en todo aquello que se alzara contra su voluntad absoluta.
Y podríamos seguir, pues la lista es larga. Anna de Rusia, emperatriz en el siglo XVIII, organizó una policía secreta para “protegerse” de todos los nobles que no la querían, por lo que, despreciando a los rusos, llevaba extranjeros a ocupar los cargos que incidían en las decisiones principales del imperio. Llevó su arbitrariedad a tal extremo que en una ocasión organizó la boda de una pareja, en el frío invierno ruso, en un palacio de hielo y obligó a los invitados a asistir vestidos de payasos.
Personajes que se aíslan en palacios; que se refugian en milicias y servicios secretos, en manos de quien finalmente sucumben; abusos irracionales por encima de las leyes; paranoias sobre conspiraciones y, como nota esencial, para satisfacerse a sí mismos, mandan al diablo a las instituciones.
Así los desaforados de la historia.
@jchessal