Desde el infierno

Las cartas no sólo comunican, también irrumpen. Llegan, ocupan la mesa, cambian la conversación y obligan a mirar hacia quien las firma. Algunas importan menos por su contenido que por el lugar desde donde parecen venir. En el Londres victoriano, las cartas atribuidas a Jack el Destripador, sobre todo aquella célebre, fechada “desde el infierno”, no resolvieron el misterio, pero fabricaron una presencia. El asesino, real o imaginado por la prensa, dejó de ser sólo una sombra en Whitechapel y se volvió una voz.

La carta de López (en esta columna siempre será simplemente López) sobre Donald Trump y Claudia Sheinbaum debe leerse desde esa clave, no como simple documento político, sino como una siniestra aparición; no viene de Palacio Nacional, pero pesa sobre Palacio Nacional. No sustituye a nadie, pero desplaza el centro de gravedad y de atención.

El texto se presenta como apoyo “sin condiciones” a Sheinbaum. Sin embargo, en política los apoyos de los grandes jefes y más después de dejar el cargo, nunca son neutros. López no solo apoya a la presidenta, aprovecha para definir un problema, identificar al adversario, explicar a Trump, acusar a la derecha mexicana, denunciar una ofensiva intervencionista y sugerir que el mandatario estadounidense debería volver a ser “el otro Trump”. 

Eso ya no es respaldo: es línea política. Y ahí empieza el costo para Sheinbaum.

La presidenta gana cohesión interna dentro de la gavilla gobernante. Nadie dentro de Morena puede leer la carta y pensar que hay permiso para tomar distancia de ella, pues ya el gurú fundador del movimiento ha cerrado filas y así para militantes, gobernadores, legisladores y operadores, el mensaje es claro, hay que defender a Sheinbaum, hablar de soberanía, acusar de intervención y se reduce todo como ataque contra México.

Pero esa ganancia trae una pérdida más profunda en la autonomía simbólica de la presidenta. Si López tiene que salir a interpretar la crisis, la pregunta inevitable es ¿quién conserva la voz que ordena al movimiento? Sheinbaum gobierna, sí; firma, decide, administra, conduce la relación con Estados Unidos, pero López parece conservar el poder de decirle al país qué significa lo que ocurre. Por lo menos significa que a Claudia no se le entiende.

Ese poder interpretativo y pontifical no es menor. En la política contemporánea, quien controla el relato controla buena parte del terreno. La carta no sólo habla de Trump, habla de quién puede hablar por México; no sólo acompaña a Sheinbaum; recuerda que hay una autoridad anterior, más carismática y emocional, capaz de aparecer desde el retiro para fijar la interpretación correcta, recordando a sus lacayos, secuaces y seguidores, quien apadrina la ruta.

El problema de la carta es que parece confirmar demasiado la sospecha de que no se manda sola. Y cuando alguien con mayor autoridad simbólica confirma a quien ocupa el cargo, también deja ver que esa autoridad no ha sido transferida del todo. La bendición protege, pero subordina, el abrazo apapacha, pero pesa.

Con la carta, la discusión ya no gira sólo alrededor de cómo debe responder México a Trump, a Washington, a las agencias estadounidenses, al discurso sobre narcoterrorismo o a las amenazas comerciales. Hoy la mirada se va sobre López y las dudas que surgen sobre por qué escribió, qué quiso decir, si vuelve, si corrige, si orienta, si manda. Claudia queda así en el centro del escenario, pero no sola; falta ver si está con un coprotagónico, un patiño o un titiritero.

La autoridad presidencial requiere algo más que atribuciones legales, necesita centralidad, que el país sepa que la voz decisiva está en quien despacha, no en quien recuerda cómo se despachaba.

Morena celebrará la carta como prueba de unidad. Pero la unidad también puede volverse dependencia. Si cada vez que arrecia la tormenta aparece el viejo líder para ordenar el tablero, la sucesora queda condenada a demostrar que no gobierna por delegación sentimental.

X: @jchessal