Desiguales (III)

Recordarán ustedes que no sólo hemos estado hablando aquí de la desigualdad, sino también de la inmensidad de la pobreza en esos desequilibrios entre pocos ricos muy ricos y tantos millones de pobres que padecen hambre en México. Continuamos hoy con esta serie de cuatro artículos, para dar por concluido el análisis de estos provocativos temas la semana próxima.

La desigualdad es sumamente elevada en nuestro país, y también en el poderoso vecino del norte (que fue una nación más igualitaria, pero ahora tiene mayores diferencias sociales que otros países desarrollados). Jeffrey Sachs, el destacado economista estadounidense, señaló estos días que México debería distanciarse del dominio económico de Estados Unidos a partir de un liderazgo propio que lo aleje de esas marcas de desigualdad con políticas educativas y fiscales (CdMx, Cumbre Infonavit 2018, 2/V).

En cuanto al referido coeficiente de Gini que nos indica una distribución del ingreso buena (valor bajo) o mala (alto), México registra una cifra de 44 según el INEGI pero puede ser incluso mayor (63) al afinarse (Elizondo, Carlos, 2017). Sachs también mencionó que entre los 35 países de la OCDE los peores son Chile, México, Turquía y Estados Unidos; los mejores: Eslovenia, Dinamarca, Noruega y República Checa, aunque este indicador es sólo parte de la historia.

En buena medida, la historia de la desigualdad es la historia de la humanidad, lo cual se retrata en textos como ‘Rebelión en la granja’, de George Orwell, cuando se decreta de manera natural que unos eran más iguales que otros. Pero, ojo, también debe haber ángulos de ética (prefiero no hablar de moral), y de una democracia que supuestamente encarna fuerzas igualadoras (un hombre, un voto), que tenderían a compensar el predominio de los que están en mejor posición.

Todo eso topa con los grupos de poder que quieren seguir teniendo “la sartén por el mango”, esas élites que en una economía capitalista controlan una proporción significativa del capital y que, gracias a transferencias legales e ilegales de recursos públicos, redoblan el paso y acrecientan sus privilegios. Igual, en efecto, parte de su enriquecimiento se suele originar en la corrupción pública y privada.

Se requieren, así, contrapesos e instituciones más fuertes en un verdadero Estado de Derecho, pero eso no le interesa a las élites aunque a la larga también les pueda salir más caro. En la enorme desigualdad de ingresos, “dinero llama dinero” y se produce un proceso acumulativo que genera poder político y que, en ese círculo, incide en los márgenes fiscales. Los ricos no sólo compran educación y salud de mayor calidad, sino que a los pobres se les cierran caminos y oportunidades.

En los dos artículos anteriores decíamos que, al revisar el drama de la desigualdad, la pobreza y la riqueza, resalta la polémica entre forzar una disminución directa de la desigualdad, o bien atacar la pobreza a través de inversiones con la creación de riqueza y empleos aunque en un inicio se pueda elevar la desigualdad… aquí y en China.

Ni con revoluciones es fácil reducir la desigualdad, pues resulta un fenómeno histórico (desde los orígenes), perenne (tal vez hacia la eternidad) e inherente al modelo capitalista que prevalece en el mundo. Son abrumadoras las fuentes que lo originan, las resistencias de sus beneficiarios y las inercias que lo realimentan y salvaguardan.

Eso de enfrentar la otra cara del grave problema (la inmensa pobreza en el extremo inferior de la desigualdad) vendría a ser menos complicado, más productivo y, así, más prioritario. Además de gravar en forma progresiva a los ricos, se trata de abatir el número de pobres a través del crecimiento económico (inversiones y oportunidades de inclusión), aunque crezcan la clase media y hasta algunos ricos como en Chile, China o en México con el TLCAN.

Entre las ideas de lanzarse con decisión en contra de la desigualdad (más de “izquierda social”) o de combatir la pobreza por medio de inversiones (quizá más de “derecha económica”), este escribano tiende a la segunda alternativa en una primera fase (aun con desequilibrios temporales en detrimento de una deseable igualdad), para reducir lo más posible y por diversas vías la desigualdad en la distribución de la riqueza que se habrá creado.

A esto siempre le podrán encontrar inconvenientes. Digamos: Que es muy tardado, que mantiene la vieja desigualdad, que no es un ataque frontal contra “la injusticia”… Pero también se ve reforzado por su viabilidad, su perspectiva de distribuir un mayor pastel y sus ventajas al no castigar tanto la inversión, el crecimiento y el empleo. En contra de la pobreza se matan varios pájaros de un tiro, y con menores costos o reacciones contraproducentes.

Es probable que la desigualdad y la corrupción sean eternas, pero hay que evitar los extremos criminales y abatirlas sin que eso resulte desfavorable para la estabilidad política y el crecimiento económico. Al igual que con los violadores o pederastas, nunca se deben cerrar los ojos ante la impunidad.

La semana próxima, decíamos, vamos a concluir esta serie sobre la desigualdad… y la pobreza.

* RESALTAR LAS FALLAS DE Amlo es visto por él y su gente como una “guerra sucia” que es financiada por ricos mafiosos, aunque cuando ellos atacan —con verdades o falsedades— los morenistas hablan de “libertad de expresión”. En fin, se consideran víctimas a las que “les quieren quitar el triunfo”, pero —les contestan— se trata de una competencia abierta y, agrego yo, no sobra ver quiénes —entre todos los candidatos— tienen mayores vulnerabilidades y, claro, más cola que les pisen.

Nos comentan que al atacar a Amlo o burlarse de él, se le hace más publicidad e incluso se fortalece el voto duro —o ciego— de sus feligreses. Creo que ese puede ser el caso con los memes y los golpes arteros, pero pienso que hay que sostener los cuestionamientos de fondo y bien fundamentados a pesar de que él se victimice con todo lo que se diga. Ni modo.

Miren, viene a ser “el pueblo” lopezobradorista frente a la ciudadanía en general con derecho a voto (algo más amplio o menos abstracto). A los integrantes de esa primera parte ya nada los va a hacer que cambien de opinión ni devoción. Además, digamos, los empresarios y la calidad educativa no caben allí aunque resulten cruciales para que el país mejore y combata con eficacia la pobreza y la desigualdad. Estos motivos de preocupación son muy serios y, bueno, no surgen de la nada.

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