Desmantelamiento del Estado

“Haiga sido como haiga sido”. 

Felipe de Jesús Calderón Hinojosa

“No vamos a caer en provocaciones”. Andrés Manuel López Obrador (AMLO)

El documento El legado administrativo de AMLO: el desmantelamiento del Estado publicado recientemente por Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, menciona lo siguiente:

“López Obrador prometió austeridad y eliminar la corrupción, pero no cumplió. Al analizar su administración con base en evidencia, encontramos que en lugar de reducir gastos y corrupción, aumentó la opacidad, se gastó prácticamente lo mismo y, además, desmanteló las capacidades del Estado. Su enfoque en la lealtad sobre la competencia resultó en una administración ineficiente y un poder discrecional excesivo, donde la austeridad republicana y el combate a la corrupción han sido solo un discurso. La calidad de los servicios públicos empeoró y los ciudadanos hoy cuentan con un gobierno menos capaz y profesional”.

Dicha afirmación me permite abrir debate con esta primera pregunta-reflexión: ¿Acaso quienes tuvieron las riendas del poder del México post revolucionario –partido hegemónico, dominante, mayoritario- hasta 2018, hicieron las cosas mejor? Mi respuesta contundente es que no. Otorgando el beneficio de la duda, siendo cándido e ingenuo, pudiera afirmar que tuvieron buenas intenciones, en el mejor de los casos; sin embargo, una montaña de evidencias acumuladas por décadas al frente del ejercicio gubernamental y del poder del Estado, exponen lo contrario.

Se creó un andamiaje para que la élite político-económica del país tuviese y mantuviese privilegios por casi un siglo, simulando la creación de instituciones del Estado al servicio del ciudadano por una parte, y por otra parte, acumulando agravios de todo tipo, que hoy explotan en nuestra cara.

Efectivamente, ese régimen diseñó instituciones que otorgaron en su momento una cierta sensación de bienestar y prosperidad a una franja de la población llamada clase media.

Una gran mayoría quedó olvidada padeciendo las penurias y consecuencias de la concentración del poder político y la riqueza económica en unas cuantas manos. El propio Estado los despreció con programas sociales asistencialistas orientados en administrar la pobreza y mantener un clientelismo político en favor del gobernante y élite político-económica de turno. Una cruda realidad sobre diagnosticada por expertos e instituciones nacionales e internacionales de cualquier rama de las ciencias sociales que usted guste, a la que nadie se atreve a poner solución.

Mi segunda reflexión: Tenemos un modelo y sistema agotado en todas sus facetas (político -partidos políticos y sistema de partidos-, institucional, administrativa, económica y social).

Sin darnos cuenta, estamos inmersos en una transición donde lo viejo no acaba de morir, y lo nuevo no termina por nacer, si se me permite emplear estos adjetivos. En algún artículo anterior expuse que la nueva clase política únicamente se recicla y refugia en lo que se ha denominado Movimiento de Regeneración Nacional.

El resultado por décadas de una pésima planeación orientada en construir un Estado sólido, con políticas públicas diseñadas en simular una sensación de prosperidad social y económica, ha sido la ruptura de un ya de por si precario tejido económico y social, traducido en una polarización de niveles insospechados, caldo de cultivo idóneo explotado –y de qué manera- por una nueva casta de políticos encargados en menospreciar y desmantelar las pocas instituciones que aún funcionaban de manera razonable.

Si en su momento se intentó planear, diseñar, crear y operar instituciones encaminadas a crear los cimientos de un Estado Social de Bienestar en rubros como la salud, empleo, educación o vivienda, eventualmente el propio Estado se encargó de minarlas, desprestigiarlas, nulificarlas y, en algunos casos, desaparecerlas.

Ya sea a través de su descrédito, desmantelamiento, estrangulación vía presupuestal, o minar su burocracia bajo el argumento de que es onerosa, inoperante, corrupta e ineficiente, resultando en instituciones, bienes y servicios públicos que dejan mucho a deber.

La consecuencia es que todos se echan la culpa bajo argumentos simplistas de “tú también lo hiciste” o “tú lo estás haciendo peor”, rebajando el debate público a una “pelea de niños” donde nadie reconoce su responsabilidad.

Así llegamos a mi tercera reflexión: la pobreza del debate público limitada a echar culpas y a una “guerra de popularidad” desvirtuada y vacía, sin argumentos que al menos intenten acercarse a propuestas para dar solución a nuestros problemas más apremiantes.

Si antes de llegar AMLO a la titularidad del Poder Ejecutivo Federal teníamos grandes deficiencias estructurales, “la apuesta de este gobierno no ha sido por el fortalecimiento del Estado, sino del poder presidencial a costa de la democracia y de la eficacia”, conclusión del artículo con el que inicié esta columna, que comparto.

A las grandes carencias y deficiencias institucionales acumuladas por décadas de malos gobiernos y peores gestores en el ejercicio de la administración pública, se suma el desmantelamiento de lo que queda –no mucho- de las capacidades del Estado y la división de poderes para concentrarlo en una sola persona. Una regresión, se mire por donde se mire.

En poco menos de 8 meses tendremos elecciones. Tiempo suficiente para reflexionar y pensar el país que deseamos, ya no digamos para las próximas generaciones, sino para nosotros mismos, en los años por venir.

jmanuelrm@msn.com