Decir adiós es un lujo. Un acto privilegiado. Quizá por eso los mexicanos tenemos la costumbre de despedirnos en las fiestas como si estuviéramos diciendo un discurso patrio en pleno 16 de septiembre, en el zócalo de la Ciudad de México y frente a cientos de miles de personas.
Las despedidas dependen del grado de cercanía que se tenga con quien convidó: mientras más lejanía haya, mas ceremoniosas se vuelven las palabras para salir del lugar: “- Estamos muy agradecidos por su invitación, ha sido un placer convivir con usted y su hermosa familia. Esperamos que el chocoflán que preparó Martha haya sido de su agrado (aquí se hace una pausa donde invariablemente el interlocutor alaba el chocoflán en cuestión, que, en honor a la verdad, estaba bueno, pero tampoco era la gran cosa) y ya saben, la invitación queda pendiente para una futura ocasión, esta vez en nuestra casa, por supuesto-“ Formalismos más, formalismos menos, se continúa con un estrechón de manos, quizá un abrazo sonado con manotazo en la espalda entre hombres, un beso discreto en el cachete de las mujeres y adiós. Los que se van caminan unos pasos, suspiran con alivio y una de dos, comentan “-Ya la libramos, salió bien-“ como si se hubiera aprobado la materia de Cálculo IX con el Doctor Escalante, matemático brillante y medio loco; o bien, alguien afirma: “-Alabado sea Dios que salimos de ese lugar infernal-“. Sin embargo, la cosa cambia por completo cuando la cercanía es evidente y la despedida se reduce a un “-Ahí luego nos vemos, guey-“ que acaba siendo mucho más afectuoso y cálido que cualquier fórmula preestablecida y aprobada por el Manual de Carreño.
Los ingleses y franceses tienen una peculiar manera de despedirse que deja azorado a cualquier mexicano: cuando se quieren ir, se van. Agarran sus chivas, se escabullen discretamente, cierran la puerta y tras de sí dejan el jolgorio. La medida no tiene nada de grosero, la cosa es que ellos creen que no hay ninguna necesidad de interrumpir a los anfitriones y, para el caso a los demás invitados, cuando la despedida puede interrumpir la dinámica de una bien llevada velada. Así, lo respetuoso es hacerse invisible y salir de ahí como un espíritu resignado a pasar la eternidad en el aburrido paraíso.
Quizá en un punto intermedio y dependiendo el número de invitados, la cosa se mezcle como bien nos gusta hacer a los mexicanos, que nos deleitamos en comer mango dulcísimo con chile picosísimo y encontramos la manera de mediar calidez y formalismo, para después largarnos con la certeza de haber sido educadísimos. La cosa es que para las despedidas, los mexicanos no nos andamos con medias tintas: cuando nos vamos, inevitablemente buscamos dejar algo detrás, un recuerdo que nos haga imborrables: “-Pero qué educado fue el Licenciado Martínez, finísimo para despedirse, su plática deja mucho que desear, pero ¡qué entregado a su mujer! ¿viste cómo alabó el chocoflán?-“, o bien “- Ese Ricardo, tan chispa él, así nomás se fue con un ahí te ves-“. Eso sí, siempre dejamos pendientes: una futura invitación, el regreso para recoger el tupper ware donde llevamos la botana, una botella que no se abrió y que sirve de pretexto para la siguiente carne asada. Así somos los mexicanos. Concluimos sin querer concluir.
Hoy la despedida toca cercana. Con el corazón estrujado, te decimos adiós de esta fiesta, Manolo querido. Desde aquél primero de enero de 1998 me hiciste sentir parte de tu familia. Llevaremos tu calidez, tu inteligencia, tu plática siempre interesante, tu humor puro, en nuestros recuerdos. Los Algara que nos quedamos te extrañaremos por siempre. Hasta luego, Gitano.