Cuando el silbatazo final marque el fin de la Copa Mundial de 2026, millones de personas alrededor del mundo conservarán en su memoria las imágenes de estadios llenos, calles convertidas en celebraciones y una afición mexicana que, una vez más, demostró por qué forma parte de la identidad del futbol mundial. Para México no fue un Mundial cualquiera, significó convertirse en el primer país en albergar tres Copas del Mundo. Sin embargo, una vez apagadas las luces de los estadios y desmontados los escenarios de la fiesta, aparece la pregunta: ¿qué le dejó el Mundial a México?
En lo político, la organización del Mundial dejó luces y sombras. Es innegable que el gobierno mexicano logró coordinar un esfuerzo de gran magnitud junto con Estados Unidos y Canadá. Su organización obligó a acelerar procesos que normalmente tardan años. Se modernizaron protocolos de seguridad, sistemas de movilidad, coordinación entre corporaciones policiacas y mecanismos de protección civil que podrán utilizarse en futuros eventos masivos. No obstante, también surgieron críticas legítimas, muchos cuestionaron la transparencia en diversas contrataciones públicas, el costo real de las obras y la prioridad que recibieron mientras persisten problemas cotidianos como hospitales con carencias, inseguridad o infraestructura urbana deteriorada en numerosas ciudades. También evidenció un viejo problema de la política mexicana: la tentación de privilegiar las obras visibles sobre las transformaciones profundas.
En lo económico, los beneficios fueron inmediatos: hoteles, restaurantes, servicios de transporte, comercios, agencias de viajes y miles de pequeños negocios tuvieron un aumento considerable en sus ingresos. Muchas familias encontraron oportunidades temporales de empleo y numerosos emprendedores aprovecharon la llegada de visitantes nacionales y extranjeros. El turismo recibió un impulso importante. Pero la mayor parte de la derrama económica se concentró en unas cuantas ciudades y sectores específicos. Mientras hoteles de alta categoría registraban ocupaciones históricas, muchos pequeños comercios alejados de las zonas turísticas apenas percibieron cambios.
En lo social, durante varias semanas el futbol consiguió algo que pocas actividades logran: reunir a personas de distintas edades, ideologías, clases sociales y regiones alrededor de una misma emoción. Las plazas públicas, restaurantes y hogares se transformaron en espacios de convivencia donde las diferencias parecían disminuir frente al deseo compartido de celebrar. Además, México mostró al mundo su hospitalidad. Miles de visitantes destacaron la calidez de la gente, la riqueza cultural y la capacidad del país para recibir turistas con una sonrisa. Ese capital social no aparece en las estadísticas económicas, pero constituye uno de los mayores activos nacionales.
Sin embargo, también quedaron al descubierto desigualdades difíciles de ignorar; mientras algunos disfrutaban partidos desde los mejores asientos de los estadios, millones de mexicanos apenas podían seguir los encuentros por televisión debido al elevado costo de los boletos. La fiesta mundialista fue, en muchos casos, un privilegio al alcance de sectores con mayor poder adquisitivo. La experiencia dejó una enseñanza importante: un Mundial genera cohesión social durante un tiempo, pero esa unidad desaparece rápidamente si no va acompañada de políticas públicas que reduzcan las desigualdades que siguen marcando la vida cotidiana del país.
En las ciudades sede la infraestructura deportiva recibió inversiones relevantes. Algunos inmuebles fueron renovados, mejoraron sus sistemas tecnológicos y elevaron sus estándares internacionales. No obstante, el gran pendiente sigue siendo el desarrollo del futbol mexicano. Si el Mundial no viene acompañado de una profunda transformación en la formación de talentos, el fortalecimiento de fuerzas básicas, el impulso al deporte escolar y la profesionalización de entrenadores, los beneficios deportivos terminarán siendo únicamente estéticos. El verdadero legado no debería medirse por la cantidad de estadios remodelados, sino por el número de niños que encuentran espacios seguros para practicar deporte en sus colonias.
En conclusión: cuando en el futuro alguien recuerde el Mundial de 2026, probablemente no hablará únicamente del campeón, del estadio más espectacular o del gol más emocionante. Lo verdaderamente importante será responder una pregunta mucho más profunda: ¿la vida de los mexicanos mejoró gracias a ese Mundial? Si la respuesta se limita a unas semanas de fiesta, fotografías y buenas cifras de turismo, el legado habrá sido efímero. Pero si se impulsaron mejores ciudades, mayor transparencia, más oportunidades para los jóvenes, espacios deportivos dignos y políticas públicas pensadas para las personas, entonces el balón habrá dejado una huella mucho más valiosa que cualquier trofeo. Los campeonatos se celebran durante unos días; las decisiones públicas responsables pueden transformar generaciones enteras. Ahí está el verdadero desafío para México: convertir una gran fiesta deportiva en un punto de partida para construir un país más justo, más competitivo y, sobre todo, más cercano a las personas. Próxima colaboración: 29 de julio de 2026
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