Determinaciones del capital

Una vez más, fiel a su espíritu imperialista, el gobierno estadounidense advierte que se erigirá en “protector de la democracia” allí donde sea puesta en riesgo por regímenes “autoritarios”. Por supuesto, se trata de una democracia “sui géneris”, una democracia en la que se vean salvaguardados sus intereses económicos y no los de los pueblos que pugnan por su autodeterminación política. Ese es uno de los acuerdos que se desprenden de una cumbre internacional virtual reciente (nota de “La Jornada”, 10 de diciembre de 2021), convocada por el presidente gringo Joe Biden, a la que concurrieron personajes identificados con ese tipo de intervencionismo, aún y cuando ni siquiera cuenten con alguna representación formal y legítima de sus países de origen, como el caso del fracasado golpista, hasta ahora, Juan Guaidó en Venezuela. En contraste, países como Bolivia y Honduras, que han logrado victorias populares para restablecer orientaciones gubernamentales progresistas, no fueron invitados. Tampoco China, Rusia, Cuba y otros más que, obviamente, no comparten esa visión muy propia del intervencionismo estadounidense que se asume como árbitro de los conflictos en el mundo. 

No sorprende que el gobierno estadounidense haga ese tipo de maniobras. Es lo que los clásicos denominan como determinaciones políticas del capital, esto es, los mecanismos de coerción que posibilitan mantener, en el mercado mundial, la ganancia de los grandes capitales trasnacionales asociados con Estados centrales, sobre todo cuando las determinaciones económicas atraviesan por crisis tendenciales que impiden transferencias descomunales de plusvalor de la periferia al centro. Marx se propuso dilucidar, en su proyecto de investigación plasmado de forma definitiva en “El Capital”, las determinaciones económicas que posibilitan el proceso de valorización del capital; esto es, la sucesión de momentos que se inician con la compra de trabajo (ajeno) al posesor de su mera corporalidad por parte del posesor del dinero (el capitalista), en un encuentro de dos sujetos que se relacionan de manera aparentemente igualitaria, mediante un “contrato” que “legaliza” esa situación y que marca el ingreso del trabajador en la fábrica como si fuera un cordero que camina a derramar su sangre ante el nuevo Dios de la modernidad, recordándonos el maestro Enrique Dussel, en “Las metáforas teológicas de Marx”, que hay un origen semita en ese tipo de apreciación que concibe la circulación dineraria y de valor como la sangre del trabajador que se inmola ante el capital.

Las determinaciones económicas son, pues, las sucesivas categorías que se van generando en el proceso de valorización del capital, tales como trabajo objetivado, salario, medios de producción, producto, mercancía, valor de uso, valor de cambio, excedente, plusvalor y muchos otros más que no corresponde aquí plantear sino como expresión de un proceso complejo que se concreta, finalmente, en que la condición del trabajador que produce la riqueza es la de seguir siendo pobre porque apenas se reproduce como fuerza de trabajo y no como persona digna, toda vez que, en el horizonte de ese proceso, la reproducción de la vida está por debajo de la reproducción del propio capital. Pero las determinaciones políticas juegan un importante papel adicional, toda vez que en la lucha por la hegemonía de los capitales en el sistema mundial, el poder político cataliza la competencia en favor de unos y en detrimento de otros, mediante el uso de la fuerza (que derrama sangre), en última instancia, para fortalecer monopolios que aseguren la mayor expropiación de riqueza. Nada nuevo, pues, aunque bien podría decirse, parafraseando a Maquiavelo, “la virtud queda, aunque los miedos cambien”.