Diablos que hablan

Lo he visto varias veces. Es joven, o por lo menos más joven que yo. Ha de andar por la mitad de la década de los treinta. Su aspecto delgado me hace pensar que puede salir volando en cualquier momento si lo atrapa alguna de las corrientes de aire que  habitan las esquinas de las calles del centro. Viste casual: pantalón de mezclilla, playera, alguna chamarra, generalmente de tonos oscuros y unos tenis desgastados pero servibles. Siempre carga con un pequeño morral a la espalda, de esos de tela muy delgada al que le deben caber pocas cosas. Se nota aseado. Muy de mañana pueden notarse sus rizos aún húmedos, como de quien se acaba de bañar.  Vaya, nada fuera de lo ordinario, salvo por que camina hablando solo. Se pregunta, se contesta, se enoja, se ríe, manotea. A primera vista, podría parecer un hombre cualquiera, caminando hacia su trabajo. Pero no. Él deambula por el centro desde temprano. Me lo he encontrado de esquina a esquina, pero siempre dentro del perímetro. Parece que el mundo está solo para él y los demás no somos mas que un mero adorno, una columna, una banqueta más.

 El otro día lo vi sentado sobre Independencia, a la altura de la plaza de Aránzazu. Descolgó el morral de su espalda, se acomodó recargándose en la pared de una de las fincas, puso el morral a lado y sacó una bolsa de plástico tipo ziploc. Adentro tenía un sándwich de pan blanco envuelto en una servilleta de papel. Dejó dentro de la bolsa una manzana amarilla. Me causó ternura: aquello parecía el almuerzo escolar de un niño de primaria. Le faltaba la caja de juguito Boing. 

Hace poco lo vi parado, muy serio, frente a una de esas puertas enormes que ha sobrevivido el paso del tiempo.  Estaba, contra toda costumbre, callado, observando fijamente. La puerta estaba delicadamente tallada con varias figuras, entre ellas, la cara de un diablo sacando la lengua. El hombre comenzó a imitar el gesto. Sacaba la lengua, enfocaba los ojos, arqueaba las cejas, se ponía las manos en la cabeza, imitando los cuernos. Luego inició un diálogo con el diablo. Era imposible dejar de verlo. Se movía de manera que cualquiera que estuviera parado desde otro ángulo, juraría que en el dintel de esa puerta había alguien platicando con el hombre. El conversador estuvo ahí un buen rato, hasta que pareció haber agotado los temas. Movió las manos en señal de “eso es todo”, inclinó respetuosamente la cabeza y se marchó con su morralito al hombro.

Esta semana venía de regreso de una reunión. El sol brillaba a más no poder, pero soplaba un vientecillo helado que calaba hasta  los huesos. Como yo caminaba del lado de la sobra, decidí cruzar la calle  para tratar de pescar algo de solecito.  Me di cuenta que a unos metros estaba el Conversador,  sentado en una esquina, con los ojos cerrados y también tratando de alejar el frío. Dormitaba.  En eso, vi como en diagonal cruzaba la calle una mujer. Era de estatura mediana, cabello largo y canoso, quizá rondando los sesenta y tanto años. Traía en su mano una bolsa de supermercado. Se acercó al conversador y lo tocó del hombro, con suavidad. El hombre despertó y le dedicó a la mujer una enorme sonrisa. Ella algo le dijo, él se paró y ella sacó de la bolsa una chamarra abullonadita. Él se la puso, y ella le acomodó el cuello. Le tomó la mano, y caminaron derecho. Yo les veía las espaldas y entendí que ese aspecto bien cuidado y el sándwich del medio día no eran otra cosa mas que las obras del amor de una mamá que cuidaba y que a la vez, dejaba en libertad. 

La ciudad está llena de historias. En esta, hay diablos que hablan y ángeles que cuidan.