Era una mañana de octubre, quizá como la de hoy, cuando el coronel se levantó a preparar café para su mujer, que la noche anterior había tenido un ataque de asma y él a tomar agua caliente porque el grano no ajustó para ambos. Esa mañana también, esperaría en el puerto al correo, deseando que le anunciaran que ya le habían concedido la pensión como veterano de la Guerra de los Mil Días.
“El coronel no tiene quién le escriba” es quizá, una de las novelas más perturbadoras jamás escritas. En sus páginas no hay hechos terribles, sadismo o muerte, ahí lo que trastorna hasta la médula, es que no pasa nada. Cada día es una sucesión de eventos ordinarios, aparentemente intrascendentes, que se despliegan para convertirse en el escenario de la profunda soledad del coronel, que vive acompañado de la desilusión y enganchado en una espera interminable que lo sume en la miseria económica y en el vacío emocional. Junto con “El otoño del patriarca”, la historia de ese anciano dictador de cualquier país latinoamericano, García Márquez, retrata la soledad del poder desde dos caras: la de aquél que lo ha tenido todo gracias al poder político y que observan como, contrario a lo que creían, terminará y los dejará en la nada. Y por el otro lado, está el Coronel, que ha servido al poder e incluso lo rozó de cerca para ahora darse cuenta de que no le ha servido de nada. El poder no lo recuerda ni lo tiene en su lista de repartos. Así, lo único que queda es vender lo que se pueda y sobrevivir aferrado a un gallo de pelea que era de su hijo y que representa su última pizca de dignidad. Ambos hombres, coronel y dictador, acaban pisando el mismo suelo dentro del páramo de la soledad.
En aquél inolvidable once de septiembre de 2001, el mundo veía pasmado cómo aquellos aviones chocaban contra los emblemáticos edificios de Nueva York. Poco después, el alcalde de la ciudad, Rudy Guiliani encabezaba las labores de rescate y luego reconstrucción. El político venía ya de una trayectoria firme en el servicio público como fiscal y tenía experiencia en el manejo de crisis y sabía que políticamente hablando, aquello podía ser su oportunidad de oro para conseguir incluso el puesto político más alto: la presidencia de Estados Unidos. Poco después de la tragedia, y al ver que su mandato estaba por concluir, intentó hacer un malabar para lograr que su período fuese extendido. No lo logró. Intentó ser candidato a la presidencia del país por el bando republicano. Tampoco lo logró. Después, comenzó un espira bien documentado de hibris: Guiliani se hizo adicto a las cámaras y los reflectores, amaba ser reconocido en público, se tomaba selfies incluso con quien no se lo pedía. Se unió a una firma legal con clientes controvertidos y acabó a lado de Donald Trump en la presidencia. El New York Times investigó a detalles su muchas veces errático comportamiento y lo asoció con la probada afición de Guliani por el alcohol. El hambre de poder y la frenética búsqueda por conservarlo hizo que aconsejara al entonces presidente a no reconocer los resultados electorales que le hicieron perder la reelección e incluso le animó a incitar a las multitudes para atacar el Capitolio. Ahora por tales motivos enfrenta un proceso judicial que pareciera le suena poca cosa. Le ve con altivez, como si el sistema judicial fuese suyo. Lo cierto es que ya pocos quieren retratarse con Guiliani. Le han visto dando vueltas en los Hamptons, esperando ser reconocido. Nadie se le acerca. Se ha filtrado que necesita dinero: su jefe Trump no lo ha pagado sus servicios. Le han cancelado espacios en varios medios de comunicación, pues sus declaraciones ya rallan en la locura ególatra: ha declarado que el once de septiembre fue el mejor día de su vida.
Lo cierto es que Guiliani está solo conviviendo con ese vacío que únicamente pueden experimentar aquellos que han vivido para el poder y en el poder. Todos entran en un hechizo que les hace creer que disponer de vidas, almas y dineros será eterno, que todos los alabarán por siempre, que a ellos no les pasará como a otros y estarán ahí, en el reflector para siempre.
Guiliani vive la caída del dictador en cámara lenta tal y como el personaje del libro y tiene también la maldición del coronel, esperando sin fundamento a que la vida le restituya lo que creía suyo. No se si el ex alcalde de Nueva York haya leído a García Máquez, pero quizá deberíamos hacerle saber que al coronel nunca le llegó su pensión y que el dictador murió de muerte natural y lo encontraron cuando los gusanos ya estaban comiéndole el cuerpo.