Diplomacia anodina

En el capítulo sobre el enmascaramiento nacional, Octavio Paz sugiere que muchas veces preferimos dar la apariencia de no ser antes que mostrarnos. ¿Quién anda ahí?, preguntó en alguna ocasión. La voz que escuchó le dijo a lo lejos: no es nadie. Solo soy yo. Quien haya preguntado en el foro de la Asamblea General de la ONU quién hablaba al final de la larga lista de oradores, pudo haber escuchado del canciller mexicano: no es nadie. Solo es México. Desde la máxima tribuna diplomática del mundo, el canciller mexicano hizo una defensa de la irrelevancia. Un mensaje para consumo interno que no ofrece ninguna idea de estrategia internacional. Con buena dicción, el secretario de Relaciones Exteriores de México sostuvo que la nadería es la esencia de la política exterior del gobierno de Claudia Sheinbaum. Halagos rutinarios de política interna y un hilo de lugares comunes e inconsistencias. Ante los extraordinarios cambios que se viven, la voz de México no hizo el menor intento de situar al país en el mundo para definir una ruta de acción.

El mensaje del canciller fue aún más claro en la conversación que tuvo en el Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos. Velasco acudió a ese influyente centro de pensamiento y respondió una serie de preguntas sobre México y su política exterior. No fue, en modo alguno, un espacio hostil. Se le invitó a pronunciarse sobre la estrategia canadiense que combina audacia y lucidez para trazar el rumbo de su país. La respuesta del funcionario mexicano enternece, pero, sobre todo, preocupa. Para el gobierno mexicano no hay potencias en el mundo. Eso dijo el encargado de la política exterior del gobierno federal. Nosotros no creemos en eso de las potencias. Para nosotros todos los países son iguales y con todos queremos tener buenas relaciones. Mientras el primer ministro canadiense ha ido construyendo una interpretación de los cambios que se viven en el mundo y ha ido tomando decisiones para adaptarse, la voz de México repite estribillos y cierra los ojos. 

El canciller llegó a decir: “no vemos el mundo en términos de potencias”. Esa es, al parecer, la evaluación oficial del entorno geopolítico. A sus ojos no hay potencias que se disputen el planeta, no hay naciones que pretendan expandir su territorio, no resurgen imperios agresivos decididos a imponerse en una esfera de dominio. No reconoce que se rompe ante nuestros ojos el orden que imperó tras la Segunda Guerra. No advierte peligros ni oportunidades. Encerrado en el cajón oscuro del régimen, Velasco declara que la arcadia que habitamos niega cualquier pretensión hegemónica. El canciller mexicano no se adhiere a una escuela de idealismo internacional, porque aun la más ingenua de sus versiones exige una mínima plomada de realidad. 

México declara su indiferencia por el tablero de las potencias. No quiere jugar ni en el de los grandes, ni en el de los medianos, ni en el de los chicos. Quien lo desaloja de esas tribunas no es un furioso asesor de Trump, sino la cabeza de la diplomacia mexicana que apuesta por la insignificancia. Si es cierto que quien no está en la mesa está en el menú: Velasco ofrece a México como botana. Una botana que, por supuesto, proclama muy dignamente su soberanía. 

El papel que sí está muy dispuesto a desempeñar el gobierno mexicano en el frente internacional es el de encubridor de déspotas. México ha sido consistente en los últimos siete años en su apoyo a las tiranías con las que simpatiza. Su discurso en defensa de los derechos humanos se deshace cuando el secretario se encuentra dócilmente con el canciller ruso para ¡reafirmar su compromiso con el derecho internacional! Bajo el gobierno de Sheinbaum, México se abstuvo en la OEA sobre la cancelación de las elecciones que anunció el dictador nicaragüense. Invocando la “autodeterminación de los pueblos”, la Cancillería mexicana afirmó la autodeterminación de un sátrapa. Lo mismo puede decirse del apoyo diplomático a la dictadura cubana, que de inmediato le valió un mensaje de agradecimiento de La Habana. La Carta Democrática Interamericana nos compromete con esos valores de los que el gobierno de Sheinbaum se burla adentro y afuera. 

El gobierno que no quiere abrir la ventana renuncia a imaginar lo posible.