Discusiones banales

El sábado pasado estuve en el centro histórico de la ciudad de San Luis Potosí y he visto la ya avanzada instalación en la Plaza de Fundadores de un gigantesco árbol navideño mandado colocar el Gobierno del Estado, según supe por algunas notas de prensa.

Debo decir que yo no soy el más entusiasta con las decoraciones navideñas y de esto puede dar fe mi familia, pues año con año soy bastante elusivo en esas lides adornatorias.

Sin embargo, no dejo de reconocer que la navidad es una época que mueve a la mayor parte de los mexicanos, que gustan de intercambiar regalos, de poner luces y figuras ad hoc y de, por lo menos en una época del año, tratar de ser más amistosos y menos distantes

Por supuesto que un árbol como el que se está instalando en el centro San Luis va a recibir muchas críticas.

Que si la navidad es una expresión del mercantilismo; que si la navidad debe celebrarse con tradiciones mexicanas y no con un árbol decorado, que nada tiene que ver con nuestra cultura; que ese tipo de decoración rompe el esplendor del contexto arquitectónico del centro de la ciudad y bla bla bla.

Yo recuerdo que, cuando niño, buena parte de la ciudad se iluminaba con la decoración navideña. Tanto la avenida Venustiano Carranza, como plazas y jardines y, por supuesto, el centro histórico,  estaban cargados de imágenes, luces y colores.

Poco a poco, me imagino que por razones presupuestales, esto fue disminuyendo hasta que, en algunos casos, emplear la palabra “lúgubre” para describir la decoración navideña fuera tal vez demasiado festiva.

Creo que, al margen de lo que nuestras opiniones personales puedan representar, ya sea desde la perspectiva de estar o no de acuerdo con las tradiciones navideñas, sean del origen que sean o bien que nos hagamos férreos adalides de cuidar la seriedad de mudos edificios de cantera que claman a gritos por un poco de vida y dignidad, debemos centrar más nuestra atención en el hecho de que no debemos dedicar nuestros principales esfuerzos a debatir lo cosmético, sino entrar al fondo de las cuestiones.

Si un monumental y también temporal pino navideño luce o no fuera de contexto en la plaza que recuerda a los fundadores de nuestra ciudad, créame que es menos importante, por su transitoria naturaleza, que las grandes heridas que se han causado en nuestro patrimonio arquitectónico sin ningún miramiento y sin que se empeñen tantos ánimos en alzar la voz para impedir verdaderos atentados permanentes al contexto del centro histórico.

Me parece que hay una explicación sencilla: es más fácil cuestionar lo temporal pero visible que detenernos a reflexionar sobre los detalles más complejos de las verdaderas causas de preocupación que se esconden bajo el manto de lo efímero. Preferimos las discusiones banales, esas que versan sobre lo trivial e insustancial, por encima de lo que debe significarnos un mayor esfuerzo de pensamiento.

Y no es esto un mal exclusivo del valle del Tangamanga, sino que se extiende a todos los rincones de este nuestro México.

Prestamos más atención a la imagen de la señora Gutiérrez de López (así se autonombró ella) haciendo gala de un atuendo que recuerda al personal de cierto restaurante de una tienda departamental, que al hecho de ser ella una de las principales inspiradoras de muchas de las barbaridades que su cónyuge dice y pretende hacer. Las redes sociales se desgañitan en criticarla pero ¿cuántos reflexionan sobre el papel que juega en nuestra golpeada realidad actual?

La periodista Anabel Hernández publica un libro en el que da cuenta sobre algunas mujeres famosas del medio artístico y su relación con miembros de la delincuencia organizada y no se piensa en el complejo entramado que representa, entre el poder, el dinero y el crimen, sino más bien en si tal o cual conductora o cantante van a demandar a la escritora porque su nombre se mencionó en un pasaje de su pasado que han pretendido enterrar.

Si banalizáramos menos las cosas y pensáramos con mayor claridad y seriedad, habría zócalos vacíos.

@jchessal