[Spoiler alert: este texto es sobre participación ciudadana]
Gobernar no es una labor sencilla y no debe tomarse a la ligera. Las decisiones políticas tienen una característica especial que se asemeja al llamado “juego suma cero”: para que alguien gane, otro debe perder. De esta forma suelen tomarse decisiones que benefician a unos y afectan a otros y en el mejor de los casos, se justifican con los misteriosos análisis costo-beneficio que no suelen hacerse públicos. La narrativa siempre destaca los beneficios públicos de los ganadores, mientras invisibiliza las consecuencias para los perdedores.
Desde hace décadas nos hemos acostumbrado a tasar los beneficios de las decisiones en términos económicos. Hay distintas lógicas detrás del mito del dinero. Hay quien piensa que gastar mucho es señal de eficacia política [inserte aquí cualquier recuerdo de quien anuncia una inversión multimillonaria para una obra/programa público] y hay quien piensa que gastar poco es señal de eficiencia [inserte aquí cualquier discurso de multimillonarios ahorros en recortes de gasto público]. Quienes promueven y argumentan las decisiones desde esa lógica se equivocan; el dinero no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar metas de mayor importancia.
La argumentación de los costos y beneficios requiere más ciencia y menos retórica. Desde hace unos 60 y tantos años se habla de “Políticas Públicas” como una orientación gubernamental más racional en donde distintas disciplinas de la ciencia enriquecen la base de conocimiento con el que un gobierno toma decisiones. Se requieren perspectivas informadas para poder medir la pertinencia de las decisiones gubernamentales para emprender o no ciertos programas o proyectos públicos. Se trata de la utopía del rey sabio que se materializa en un gobierno ilustrado que dialoga, calcula y decide.
Gobernar también es comunicar, pero de ninguna manera, en el nombre de la comprensión pública de los asuntos, se debe sacrificar la complejidad en su razonamiento. La verdad no solo es un compromiso ético, también es una postura democrática. Quien comunica un proyecto, lo debe de hacer desde la verdad informada, sin insultar a la inteligencia de la ciudadanía.
Para ilustrar esta idea quisiera referirme a dos problemas complejos que enfrenta actualmente el gobierno británico. El primero tiene que ver con la saturación del aeropuerto Heathrow en Londres. Nuestros amigos británicos llevan lustros fracasando en el intento de construir una tercera pista que permitiría aumentar 260’000 operaciones anuales a su capacidad actual de 480’000. En todos estos años ya lograron alinear estudios de factibilidad técnica, el apoyo del gobierno de la Ciudad y el voto mayoritario de la cámara de los comunes, pero pasaron por alto los compromisos firmados en materia de disminución de gases de efecto invernadero y el impacto en la calidad de vida de los 1.2 millones de personas que viven debajo de la trayectoria de aterrizaje de los aviones. No solo es un asunto técnico o de dinero, ahora es un tema legal y social que preserva el interés superior de la calidad de vida de los afectados.
El otro problema es la salida del Reino Unido de la Unión Europea –comúnmente conocido como Brexit-; hoy están metidos en un tremendo lío porque no ha sido posible formular un plan de salida –un acuerdo de divorcio- que permita ajustar adecuadamente el esquema de circulación de trabajadores, mercancías, servicios y capitales. El Reino Unido entró a este problema por la celebración de un referendo que formó parte de una promesa de campaña con las que el entonces primer ministro James Cameron logró la reelección. El problema no es haber decidido por democracia directa la salida de la Unión Europea: el problema fue que se argumentó que los británicos recuperarían el control de sus asuntos internos, sin calcular los beneficios y afectaciones para sus propias libertades y/o intereses económicos. Alguien no anticipó consecuencias, o peor aún, no las quiso advertir.
Construir una pista, un aeropuerto o tirarse un templo encima son asuntos complejos que requieren involucrar al público de la mejor manera posible. No se trata de cosechar la opinión binaria de la sociedad para legitimar o derribar proyectos que pueden estar siendo tomados a la ligera. La sociedad también participa con conocimiento y eso es gobernar honrando a la verdad.
Por cierto. ¿Alguien ya consultó a expertas(os) sobre la pertinencia de un aeropuerto en Ciudad Valles?. Yo lo haría.
Twitter. @marcoivanvargas