Dulcería de lo incierto

Al tercer día de iniciar el año y ejerciendo de anfitriones de nuestros primos foráneos, fuimos a comprar chocolates Costanzo. En clara señal apocalíptica, no había Púrpuras, ni Paletones, ni paletas Tolteca, ni jaleas de corazón, ni nuez encanelada, ni Princesas. Evidentemente, el mundo como lo conocemos había terminado. Ni yo, ni al menos una docena de personas formadas supimos cómo reaccionar. Digo, obviamente, todos pensábamos que Costanzo funcionaba como Charly y la Fábrica de Chocolates, con Umpa Lumpas incansables de por medio. Fue así como nos enteramos que no: el lugar trabaja con gente normalita que también descansa y eso, es bueno. Pero por favor, a la siguiente que paren la producción por vacaciones, avisen. Uno ya no está para este tipo de sustos.

Si algo nos han enseñado los últimos dos años, ha sido a no dar las cosas por sentado. Así como los y las potosinas creemos que en la vida nunca faltarán Púrpuras, hemos también a la mala, aprendido a saber que quizá no siempre estarán.

Lo primero que desapareció en estos años, fue la cara completa de las personas. Hace un par de días nos costó trabajo reconocer a una amiga de la preparatoria con la que fuimos muy cercanos y a la que el cubrebocas nos hizo desconocer. Sin embargo, ahora podemos reconocer mucho mejor los ojos de las personas y entender sus miradas. Hemos comprobado que efectivamente, se puede sonreír únicamente con los ojos.

Hemos aprendido también lo frágiles que somos. A pesar de creernos los reyes de la tierra, la naturaleza nos ha dado una desconocida bestial enviando un pequeño bicho que hace temblar nuestro sistema inmunológico. La catástrofe no ha venido de una guerra mundial, o de un accidente nuclear; sino de la propia naturaleza, que nos ha recordado que no somos reyes de nada, y dueños de poco. Somos una parte ínfima del universo, sabemos muy poco de él y entendemos aún menos. Un año para obtener una vacuna que medio nos fortaleciera no es milagro, sino el trabajo acumulado de miles de hombres y mujeres de ciencia que han sabido poner su conocimiento al servicio de la humanidad. Claramente la investigación en torno al SARS-CoV-2 está lejos de concluir, pero se ha avanzado a pasos agigantados que merecen todo el respeto por parte de nosotros, los salvados por la ciencia. 

Hemos perdido personas. A estas alturas, todos hemos visto morir a alguien o nos hemos dolido con la ausencia que familiares o amigos han tenido que soportar. Aunque sabemos factores que pueden agravar la posibilidad de sobrevivir al Covid, también hemos aprendido que el virus es impredecible. Personas perfectamente sanas, jóvenes y con una vida por delante han sido vencidas por la enfermedad. Inevitable recordar a mi querido amigo, el padre Rolando, quien tenía, en teoría, todo factor a favor y el virus se lo llevó a destiempo.  Por eso, ahora muchos han aprendido a valorar la presencia de quienes están con nosotros, así, con sus fallas, sus conflictos, sus manías y sus múltiples defectos. La presencia es el único valor. Estamos, y con eso es suficiente.  

Hemos visto relaciones que no sobrevivieron a la pandemia. Problemas que ni siquiera catalogábamos como tales se acentuaron y entonces se les puso nombre y con éste, se aceleró la decisión de terminar aquello que parecía eterno: noviazgos finalizaron, divorcios comenzaron. Pero también hay amistades que no tuvieron lo suficiente. Al principio de la pandemia, la atención y la presencia lejana nos hicieron cocinar para otros, llevar rollos de canela a la puerta de nuestros amigos y abrazar a la familia a través de pantallas. Casi dos años después, hubo tiempo de ver que lo impensable ocurría, ciertas amistades no fueron tan sólidas y otras se hicieron mucho más fuertes de lo que en circunstancias normales hubiésemos esperado.

La tecnología avanzó lo que no hubiese avanzado sin esta obligada ausencia. Aprendimos sobre apps, plataformas que no imaginábamos que existían y que nos enseñaron que se puede tomar clases viéndonos, aunque estemos a kilómetros de distancia. Supimos adaptarnos para enseñar y aprender.  Entendimos que las juntas de trabajo pueden ser incluso más eficientes aunque no estemos todos en el mismo salón de conferencias y que para  laborar quizá no sea lo peor no estar en una oficina. Productividad entonces significó horarios flexibles y trabajo a distancia, aunque sabemos que faltan muchos ajustes por hacer: respetar horarios, entender que no estaremos ahí para un jefe o para una institución, veinticuatro horas, siete días a la semana.   

Hemos aprendido a ser resilientes, a flexibilizar la vida y entender que quizá el universo nos quite certezas para entrenarnos a navegar en la incertidumbre. 

Hoy que estamos la primera columna del año, quiero agradecerle, lectora, lector querido, haberme acompañado cada martes del 2021 y hacerme partícipe de su día. Le deseo que durante el año que empieza sea consciente en sus pérdidas para tener muy claras sus ganancias. Le deseo también que si de pronto la vida lo deja sin Púrpuras o nueces encaneladas, encuentre gusto en lo que haya en los estantes, aunque no sea lo esperado, porque esa es la vida: una dulcería de lo incierto.