La presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, presenta hoy su segundo informe de gobierno. Muchos temas serán conversación obligada en los siguientes días respecto del mensaje que ofrezca la titular del poder ejecutivo federal, así como de los datos que se reporten sobre actividades específicas del ejercicio de la administración pública nacional. De entre tantos temas, todos importantes, destaca la marcha de la economía del país en términos de una indudable mejoría de las condiciones materiales de vida de la mayoría de la población, señaladamente de la clase trabajadora que ha visto incrementada su capacidad de ingreso y, por tanto, de consumo y bienestar, gracias a la reivindicación salarial que se refleja en mayor capacidad de poder adquisitivo y en el peso que representa con respecto al PIB (Producto Interno Bruto). El INEGI ha precisado que, en el primer trimestre del 2026, la participación salarial en el PIB alcanzó un 30.8 por ciento, esto es 1.7 por ciento más con respecto al mismo periodo del 2025 y si la comparación se hace con relación al mismo periodo del 2018, la diferencia alcanza un 4.1 por ciento. En suma, se aprecia un fortalecimiento progresivo, en 8 años de transformación institucional, para colocar a los salarios como parte nodal de una economía que sirva más a la reproducción de la vida y no a la del capital.
En contraparte, las ganancias empresariales se redujeron en un 7.3 por ciento, en 8 años, al pasar de 46.7 por ciento del PIB en el primer trimestre de 2026 a 39.4 por ciento en el mismo periodo de 2018. ¿Qué significa o representa eso? Una redistribución más justa de la riqueza para impulsar el equilibrio entre los dos polos de la relación esencial de la producción económica, esto es, del trabajo y el capital, pero desde un punto de vista de su desigualdad histórica, y que un clásico formuló como la ley general de la acumulación en los siguientes términos: “a medida que se acumula el capital empeora la situación del obrero, sea cual fuere su remuneración, porque la acumulación de riqueza en un polo es, al propio tiempo, acumulación de miseria e ignorancia en el polo opuesto, esto es, donde se halla la clase que produce su propio producto como capital” (Carlos Marx, “El Capital”). Como ya es sabido, en el caso mexicano se padeció un prolongado periodo neoliberal que exacerbó la desigualdad de la relación social esencial de la economía, beneficiando y enriqueciendo a una minoría rapaz y empobreciendo a la mayoría de la población, hasta que esa dinámica perversa encontró límites objetivos y subjetivos para su expansión.
En dos años de gobierno de la presidenta Sheinbaum se ha consolidado el proceso de transformación institucional en beneficio de una mayoría social. Hay que recordar que se trata de una orientación distinta a la de los gobiernos neoliberales, en términos de principios éticos y normativos del servicio público. Es la “economía moral” que, en su origen, Edward Palmer Thompson describió en sus estudios sobre movimientos populares y formación de la clase obrera en el siglo XVIII en Inglaterra, advirtiendo que esa movilización popular era algo más que la simple pretensión de equilibrar la oferta y demanda del pan para saciar el hambre, ya que implicaba un superávit de conciencia social, diríase hoy, de revolución de las conciencias para despertar la capacidad de indignación social para la defensa de lo común, más allá de lo público y lo privado. Por lo demás, esa revolución de las conciencias hoy implica también la posibilidad de estar alertas para defender la soberanía nacional, ante la desinformación que se ha vuelto parte de una estrategia de subordinación ensayada por intereses imperialistas del exterior, es la batalla cognitiva de la que, recientemente, Rafael Barajas, “El Fisgón”, habló en una asamblea para la defensa de la transformación, pero sobre esto seguiremos en próxima colaboración. Por ahora, baste congratularse de un segundo informe de avances indudables.