Educarse o desnucarse

El tiempo se agota para Enrique Galindo; la mano izquierda no le alcanzó para lograr acuerdos y conseguir amarres que le permitan convertirse de nueva cuenta en el abanderado de la alianza PRI-PAN-PRD para contender por la reelección en la alcaldía de la capital potosina. Hasta el jueves todo parecía indicar que tenía, aunque mínimas, algunas posibilidades, pero ayer comenzaron a difuminarse entre una pesada bruma azul. 

Y no es que haya querencias o malquerencias hacia el alcalde; el pragmatismo político que éste aplicó una vez que obtuvo el triunfo en las urnas ahora se le revierte. Es momento de cobrarse viejas pero vigentes facturas que, en simples ejercicios de probabilidad y estadística, el alcalde debió tener presente si es que pensaba en la reelección; en política, según las circunstancias, todo o nada se olvida.

En la intención de mostrar a la ciudadanía un ambiente favorable el alcalde señala, cosa que ni él se cree, que en Acción Nacional lo quieren, y cómo no va a ser así si, continúa, respetó los acuerdos que desde un inicio estableció con el panismo y les otorgó las posiciones comprometidas en la administración municipal; además, puso en ellas a los mejores perfiles.  

La realidad es que Galindo sufre amnesia, miente deliberadamente, o ambas. Es cierto que otorgó algunas posiciones, pero todas de bajo impacto, y nunca le cumplió al panismo con los cargos verdaderamente importantes como son los titulares de la secretaría general, la contraloría, así como el apoyo social que se le pidió para mantener las juntas de mejoras. Pero, además, señala que para estas posiciones se eligió a los mejores perfiles, cuando para la ciudadanía es evidente que muchos de ellos se encuentran enfermos de  una imbecilidad progresiva, galopante, contagiosa y crónica.

Volviendo a las querencias o malquerencias del panismo potosino hacia Galindo, es público y notorio que ya no es del interés de ese partido (habría que ver en el PRI, donde también le tienen su guardadito) el apadrinarlo como candidato. Ahí están como muestra los dichos de algunos connotados panistas que sintetizan el rechazo general. 

Los grupos existentes dentro del Consejo Estatal del PAN, liderados por Verónica Rodríguez, Xavier Azuara, Juan Francisco Aguilar, Héctor Mendizábal y Rubén Guajardo, se encuentran respaldados en materia de votos por 15, 7, 9, 3, 3, respectivamente, más el de Octavio Pedroza; esto es aparente porque nunca faltan las traiciones de última hora, pero podríamos decir que más o menos así va la cosa.

Entonces, en una votación en la que se tuviera que elegir entre Enrique Galindo, David Azuara y Rubén Guajardo, el actual alcalde en el mejor de los casos podría aspirar a 19 pero en el más real 16, de 38 y en ambos casos la mayoría se la darían los 15 votos de Verónica y el único seguro (el de Octavio), que si bien, no son mayoría y ni siquiera mitad, no cuenta bajo ninguna circunstancia con los nueve votos de Juan Francisco Aguilar, ni los tres de Rubén Guajardo; ambos, al parecer, seguramente tampoco los otorgarían a David Azuara, quien en el mejor de los casos podría contar con los siete de su hermano, los tres de Mendizábal y algunos de Verónica; Guajardo, a su vez, seguros tiene los tres que él arrastra y los nueve de Juan Francisco Aguilar.         

En apariencia Galindo podría llevar las de ganar, considerando la buena voluntad (y acto emancipatorio) de la presidenta estatal, quien en todo momento manifestó su abierto apoyo a Galindo. Desafortunadamente para ambos el día de ayer en una reunión presidida por Marko Cortés se le leyó la cartilla a Verónica Rodríguez y se le indicó que el candidato de la alcaldía potosina debía ser panista, sí o sí; podía irse por la libre e imponer a Galindo pero acabarían tumbándoselo. ¿Se educan o se desnucan? 

Bajo esas reglas no hay para donde hacerse, Galindo (que aunque no nos guste es el mejor candidato) no le supo calcular la lumbre a los camotes y acabará comiéndoselos y el panismo tendrá que decidir entre el inexperto y ausente nepote o el veleidosillo y convenenciero mercenario; la ciudad es la que acabará perdiendo, porque ninguno de estos dos gana.