Efecto Alumbrado

Esta semana nos llegó la noticia — de acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI — que San Luis Capital se posiciona como referente nacional en contexto de la calidad de alumbrado público, registrándose en primer lugar entre las capitales estatales del país en percepción del servicio. Puede que no parezca algo trascendental, pero en un mundo donde observamos cómo la percepción se desvincula de la realidad en muchos ámbitos, el alumbrado público suele considerarse un indicador clave de la percepción ciudadana sobre la seguridad; esto, a su vez, repercute en otros muchos índices. En cierto sentido, sentirse inseguro es más importante que la realidad de estarlo o no. Esa sensación condiciona la vida cotidiana, altera lo que hacemos, la forma de desplazarnos, influye en qué y dónde se compra, entre otros aspectos.

De hecho, el alumbrado público fue reconocido hace mucho tiempo como un servicio cívico fundamental; sus orígenes se remontan a la época anterior a Cristo —probablemente a Egipto y Mesopotamia en sus primeras manifestaciones, ya que en ambas regiones se utilizaban soportes para colocar antorchas en las intersecciones durante las festividades. Del mismo modo, en la antigua Roma existían lámparas de aceite de arcilla en los cruces de caminos y frente a los edificios gubernamentales. Estos faroles de aceite siguieron siendo el sistema habitual de alumbrado público durante siglos, instalados a veces por las autoridades electas o, en ocasiones —como en el Londres del siglo XV—, por obligación a los dueños de casa, quienes debían colgarlos en el exterior de sus viviendas durante las noches de invierno.

La transición al alumbrado de gas comenzó a principios del siglo XIX, siendo igual Londres la primera ciudad en beneficiarse de esta modernización; un siglo más tarde —esta vez en París— se inició la instalación del alumbrado eléctrico, concretamente en 1878, cuando se colocaron lámparas de arco eléctrico a lo largo de la Avenue de l’Opéra y en la Place de l’Opéra.

A lo largo de esta historia, sin embargo, las autoridades tuvieron claro el amplio servicio que prestaba el alumbrado público, siendo la visibilidad que este proporciona tan solo un punto de partida. En muchos aspectos, de hecho, el alumbrado público constituye un servicio social más que una mera infraestructura. No se trata solo de la reciente encuesta del INEGI: los estudios demuestran sistemáticamente que, en las zonas donde el alumbrado público funciona correctamente, se registra un menor temor a la delincuencia y una mayor confianza en la estabilidad del vecindario, especialmente entre los peatones. Sin duda, unas calles bien iluminadas animan a los residentes a utilizar parques y plazas tras la caída del sol, lo que fomenta la interacción vecinal y el sentido de cohesión comunitaria. Desde un punto de vista estadístico, el alumbrado público reduce la delincuencia general en el vecindario entre un 15 % y un 21 % de media, además de incrementar el tránsito peatonal nocturno. Por consiguiente, los efectos son tanto sociales como claramente económicos. 

También es una cuestión de disparidad de género: las mujeres manifiestan sistemáticamente una mayor percepción de inseguridad (aproximadamente el 65,6 %) en comparación con los hombres (52,6 %) en espacios públicos tras el anochecer; cabe destacar especialmente que señalan el alumbrado público averiado o inexistente como un factor de riesgo ambiental importante que contribuye a su sensación de inseguridad.

Estos son hechos que se conocen en México desde 1790, cuando el virrey Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla, segundo conde de Revillagigedo, impulsó la limpieza urbana, el censo general de población y la mejora de calles en la Ciudad de México. Un aspecto clave dentro de estos mejoramientos fue el mejoramiento del sistema de alumbrado público ya que fue considerado el fundamento de las medidas policiales, subrayando cambios fundamentales en el entorno urbano. 

Y esto es exactamente lo que estamos viendo hoy en San Luis Potosí, porque —sí— el alumbrado público es un factor del bienestar, pero también es un indicador del estado general de una ciudad. Con eso, no podemos decir que todo está de maravillas en la capital, pero sí que va en buen camino.