Resulta que para nosotros comprar el mandado de la semana resulta en una especie de gira artística por la ciudad: procuramos comprar la carne en la carnicería, la fruta en la frutería, el pan en la panadería. Cuando de plano las prisas semanales no dan espacio, implementamos el plan B, que consiste en ir a un supermercado y agarrar todo de guamazo. Ni hablar, la ajetreada modernidad se impone.
En esas estaba, cuando saludé a una conocida; una señora que ya rebasaba los sesenta y tantos años y que venía acompañada de otra mujer, más o menos de la edad, ambas con un carrito a medio rellenar. La señora, muy amable, me presentó con su amiga, mientras yo extendí la mano para saludarla y dije el consabido “Mucho gusto” y mi nombre.
La señora recién presentada, me preguntó si era de los Camacho de San Juan del Río, y le dije que no, que mi familia paterna es tamaulipeca, específicamente de Matamoros. Me preguntó que entonces qué hacía yo por estos lares y le conté que mi papá, desde hace ya varias décadas que se vino a estudiar la universidad decidió quedarse, por lo que ya era potosino por adopción.
Entonces me preguntó que si era yo de los Zapata-otro apellido, y le respondí que no, que efectivamente conocía a los Zapata-algo más, pero que no estábamos emparentados. Me preguntó entonces si era de los Zapata de la Huasteca, a lo que de nueva cuenta respondí con una negativa y le expliqué que mi familia materna era de acá, y que específicamente, mis abuelos vivieron de jóvenes en la calle de Damián Carmona en pleno centro, pero que en su época mi bisabuelo tuvo tierras en el Saucito; por lo que ninguno de nosotros tiene los jubilosos orígenes huastecos.
La señora que nos presentó intervino entonces diciendo: “-Es hija de Raúl, que trabajó en la Universidad, y su mamá es Yolanda. Sobrina de Irma y Conchita. Su hermana, es Vani, una de cabello chinito, que hablan igualito, ¿es más grande o más chica que tú?” “-Es más chica-“, respondí. “-Es más, está casada con Marcos, uno de los Algara, de ojo azul-“ La mujer seguía en blanco, pero notoriamente se veía que estaba realizando una búsqueda exhaustiva en los anaqueles de su memoria para saber de dónde demonios venía yo. “-¿Y no tendrás una foto?-“ “-¿De quién?-“ pregunté, porque a esas alturas ya habíamos hablado de tanta gente, que ya hasta yo no estaba segura de saber quién era. “-Pues de tu marido-“ entonces me puse a buscar fotos en el celular y sí, tenía una con él. “-Ah, si, claro, el hijo de Marcela-“ “-¡Ándele!-“ dije yo. “-Hombre, pues que bueno mijita, ¿y a qué te dedicas?”-Yo como que no supe qué contestar, pero la señora que nos presentó le hizo un conciso resumencito que acabó con “Y escribe en el periódico”.
Total, que mientras la fruta amenazaba con echarse a perder nos despedimos.
Agradecí a todos los santos no tener que llevar más allá la plática, porque hubiera sido muy vergonzoso evidenciar que francamente saludé por pura educación porque la cara de la señora se me hizo muy conocida, pero me atormenta a la fecha reconocer que no tengo ni la más remota idea de quienes eran ese par de amables mujeres que practicaron el muy potosino arte de escalar de raíz a punta el árbol genealógico, hasta saber de qué rama viene uno.
Yo creo que el árbol más potosino (especialmente capitalino) no es la jacaranda, sino el árbol genealógico. ¡Somos bien sabe cómo! a mí me da ya de plano risa y confieso que me he cachado varias veces a punto de preguntar si fulano de tal es de los tales de San Sebastián o de los de la Colonia Jardín y me contengo para no caer en el cliché de este otro tipo de potosinazo. Eso sí, procuro traer al tiro los nombres de la parentela, porque uno no sabe cuándo va a tener que sacar a enseñar el arbolito. ¡Ah, raza!