El bálsamo de la perfección

.El placer que produce el vino no es tan distinto al que genera el arte gráfico, la escultura o la arquitectura, sin embargo, no podemos encontrar un gran vino disponible para su cata en un museo o en una glorieta. Hace muchos años que el concierto o la puesta en escena son accesibles a la mayoría. La obra de arte cinematográfica cuesta menos que el gran éxito comercial, la poesía se regala y la invitación dancística tiene sus espacios: el que desea mojar sus zapatos de cultura puede a menudo dejarse salpicar por lo que rocían las fuentes gratuitas que ocupan nuestras plazas.

Desgraciadamente, el vino que conmueve es patrimonio de quien puede costearlo (o del que tiene la suerte de estar cerca de quien puede). No es un producto democrático. Es exclusivo, por lo tanto, antipático. La sofisticación es tanto privilegio de la decadencia como el arte es fruto de la opulencia, al menos en cuanto a que la saciedad llega con el regalo de la tregua: cuando está llena la barriga de los hijos nos queda tiempo para pensar, para crear… también para observar o explorar. Imagino que luego de un debate intenso, lo que la especie humana elegiría esgrimir ante su hipotético extintor para convencerlo de su mérito universal sería la pureza de su espíritu creativo, el mismo que generó el concepto del amor, o del sacrificio, el mismo espíritu que ha ido forjando la historia de la cultura. 

El refinamiento es una búsqueda inmemorial: me gusta pensar que la belleza --en su sentido más amplio-- es una de las pocas cosas que puede ordenarnos el universo. Es posible que tú, caro lector, consideres que --en el mejor de los casos-- es un disparate proponer que el jugo fermentado de la uva tiene lugar en un escarceo sobre estética o que puede dar sentido a nuestra existencia. Si este es tu caso no voy a contradecirte, sugiero que pongas en el lugar del vino tu manifestación humana favorita, quizás así estas ideas encuentren pertinencia.

La cuestión es que cuando se está cerca de un alma lujosa, la fortuna siente ganas de presumir: el Chateau Pichon Baron 2000 es una experiencia a la que, idealmente, tanto el crítico como el aficionado, o el interesado, deberían tener derecho a presentarse: hacer fila para pasar frente a las copas, al menos olfatearlas y comprar un souvenir. Nadie puede llevarse a su casa Las meninas pero su exhibición contribuye a su carácter referencial.

Se desmarca a menudo el hombre de la perfección: es soberbia. A su producto, sin embargo, se le permite hablar más libremente de su genio. Definir al Pichon Baron 2000, hacer una nota de cata en los términos tradicionales, sería como tratar de explicar en cuatro palabras El principito o la Gran Misa de Bach. Digamos que su excelencia absoluta radica en la ausencia de defectos y en tres virtudes notables: la definición de sus elementos (cromáticos, aromáticos, gustativos, que lo hacen absolutamente singular), la armonía entre ellos y la emoción que produce.

Es un bálsamo saber que si bien no soy capaz de producir algo impecable, el espíritu humano --por medio del arte al menos-- puede ofrecernos un sorbo de perfección.

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