El buque fantasma

“Tengo sospechas acerca de la fidelidad de mi mujer”. Eso les dijo con sombrío acento don Cucoldo a sus amigos en el Bar Ahúnda. Preguntó uno: “¿En qué fundas tus sospechas?”. Contestó don Cucoldo: “Mi esposa y yo vamos a hacer nuestra nueva casa, y ella le pidió al arquitecto que el clóset de la recámara tenga salida a la calle”... Noche de bodas. El recién casado salió de la ducha luciendo la bata de popelina verde con elefantitos rojos que su mamá le había confeccionado para la ocasión. Con elegante ademán dejó caer la prenda, y quedó al natural ante su dulcinea. La chica sacó una cinta de medir. Antes de que el galán pudiera dar voz a su extrañeza le explicó ella: “Es sólo para una estadística que llevo”... Bobolina, la esposa de Babalucas, vio por primera vez el mar. Exclamó llena de asombro: “¡Cuánta agua!”. Le aseguró el badulaque: “Y abajo hay más”... No solo hay agua bajo el piélago. Hay también un inmenso cementerio marino; navíos hundidos que se han vuelto arrecifes para peces y corales; tesoros que nadie encontrará jamás. Y hay leyendas, relatos que los nautas han narrado desde que el mar es mar: Escila y Caribdis, monstruos que en el estrecho de Mesina se gozaban haciendo naufragar las naves; las sirenas de Ulises, que volvían locos a los marinos con su cantos y los hacían estrellar sus embarcaciones en las rocas; la ballena blanca que embestía a los barcos balleneros y los hundía en las profundidades abismales; el holandés errante de Heine y Wagner, condenado a vagar por las inmensidades del océano hasta encontrar una mujer que lo ame eternamente; la galera que vio el infante Arnaldos la mañana de San Juan, conducida por un marino cuya canción sosegaba las olas y hacía que los peces salieran a la superficie; el buque fantasma, velero de tres mástiles navegando en las sombras o la niebla por los siete mares sin nadie a bordo. A esa especie de barcos fantasmales pertenece el que causó con su derrame el desastre ecológico en el Golfo, con daños graves de todo orden. A ciencia cierta no se conoce el origen de esa enorme mancha oscura y letal. ¿Carguero de huachicol? ¿Plataforma petrolera? Hasta ayer la secretaría de Marino no informaba al respecto, y es probable que tampoco lo haga hoy o mañana, ocupada como está en otros menesteres que nada tienen que ver con el mar y sus pescaditos. Lo dicho: el buque fantasma... El pueblo donde estaba la parroquia del padre Arsilio no tenía casa de mala nota. Ni siquiera contaba con uno de esos moteles que antes se conocían como “de paso”, y que ahora se llaman “de corta estancia” o “de pago por evento”. Los vecinos se prestaban sus recámaras por turno. Un buen día se supo que los herederos del difunto don Pecunio habían vendido su casa a unos fuereños. Pocos días después apareció en la fachada de la finca un gran letrero: “¡Próximamente! La Mansión de Venus. Cabaret”. Eso preocupó sobremanera al padre Arsilio, quien de inmediato convocó a sus feligreses masculinos, los cuales acudieron en número de 585. “Hijos míos -les predicó-. Esa casa de pecado será un peligro para vuestros cuerpos y vuestras almas. Iréis a ese sitio de perdición, adquiriréis alguna enfermedad venérea, la trasmitiréis a vuestras esposas, y al rato andaremos todos enfermos. Quiero hacer una votación a fin de ver cuántos de ustedes están a favor de que se establezca aquí esa maligna casa, y cuántos están en contra”. Se llevó a cabo la votación, y seguidamente se contaron los votos. Resultado: a favor de que se estableciera esa casa: 583 votos. En contra: 2. “¡Protesto! -clamó uno de los feligreses, irritado-. ¡El cura votó dos veces!”... FIN.