El capital que presiona

Aquí señalamos la semana pasada que el club de hombres ricos de México, mejor conocido como “Consejo Mexicano de Negocios”, parece temeroso de terminar haciendo pobres negocios y enfila sus baterías contra el candidato presidencial de la coalición “Juntos Haremos Historia” con motivo de la, cada vez más alta, posibilidad de que gane la elección el primero de julio. Sin embargo, mientras ese selecto grupo de empresarios se muestra inquieto, resulta que en el exterior, grandes bancos y calificadoras financieras reconocen que no es para tanto la cosa y que, un eventual triunfo de AMLO no tiene porqué generar inestabilidad económica. La turbulencia de la que se asusta esa elite de negocios en el país, más bien, tendría que ver con la inevitable reorientación de un modelo de acumulación de capital que, por definición, ha encontrado límites que no se pueden seguir soportando sin pagar un enorme costo social.

Esos límites tienen que ver con un componente fundamental que caracteriza lo que se conoce como neoliberalismo y es, precisamente, el autoritarismo que se tiene que desplegar, con una muy alta dosis de fuerza estatal, para sofocar los reclamos de una población inconforme con el mal desempeño de una política económica que privilegia los intereses de una minoría rapaz. Ese recurso de que echa mano el poder público ha costado ya un número escalofriante de vidas en los dos últimos sexenios y el propio capital trasnacional asume que se ha estirado tanto la liga, como para poner en riesgo la estabilidad de sus inversiones en distintos puntos de la geografía nacional. Por tanto, para ese capital que viene a invertir al país, nada mejor que gozar de un clima de paz social que los candidatos “oficiales” del régimen actual no pueden garantizar, porque están dispuestos a “matar la gallina de los huevos de oro”, ofertando más y más violencia institucional.

Por tanto, cuando esa minoría de potentados se alborota con la especie de que un gobierno distinto, a los que han detentado el poder público en los últimos años, pudiera poner en riesgo sus inversiones, en realidad están evidenciando el temor a perder los brutales márgenes de lucro y ganancia que, en otros lares, difícilmente podrían encontrar. Para esa minoría de grandes capitalistas “nacionales” (que no nacionalistas) lo importante no es potenciar el desarrollo del país, sino mantener los privilegios que derivan de una política económica no democrática. Democratizar la política económica implica, en buena medida, tratar de abatir el rezago que se tiene con el exterior, en términos de simplemente ofrecer materias primas y fuerza de trabajo vulnerable que, por supuesto, no permiten superar una condición endémica de subdesarrollo.

Superar esa cuestión requiere de fortalecer el trabajo intelectual mediante una gestión pública que, por cierto, AMLO ha impulsado, a través de “Morena”, con la creación de universidades que no sólo pretenden la formación crítica, sino también la formación científico-técnica en sectores que representan la posibilidad de contrarrestar la brecha tecnológica que nos hace dependientes de otras economías. Recientemente, en el estado de Veracruz, “se inauguraron cuatro planteles donde se ofertarán, de forma gratuita, carreras con un enfoque innovador y social sobre energía”, de acuerdo con Raquel Sosa, coordinadora general del programa de escuelas universitarias (“La Jornada”, 18 de marzo de 2018). Sin duda, un acierto que podría verse fortalecido por parte de un gobierno con una orientación distinta a las que se han tenido, en términos de procurar la separación del trabajo científico del trabajo inmediato o material.

Por otra parte, cuando esos empresarios insisten en que no se debe regresar a un modelo económico de bienestar que consideran rebasado, de crecimiento “hacia dentro”, alegando que estamos inmersos en la “globalización”, incurren en el arte de “mentir, incluso con la verdad”, porque ciertamente hay un entorno globalizador que no se puede eludir pero que no implica que no se pueda estimular el fortalecimiento del mercado interno, porque la base del crecimiento interno es al propio tiempo el “crecimiento hacia fuera”, pero evaluando los términos de intercambio que nos puedan ser favorables, además de que el propio componente político del clientelismo priísta, por ejemplo, en efecto es incompatible con una economía abierta. En suma, esa minoría rapaz se ostenta como representante de todos los empresarios del país, cuando en realidad, son las pequeñas y medianas empresas (Pymes) las que representan la mayor parte de la planta productiva nacional, así como las que generan el mayor número de empleos. Por tanto, eso de convocar a la ruptura por parte de tales potentados no es más que la actualización del viejo dictum engelsiano de querer seguir considerando (y usufructuando) al Estado como “el capitalista colectivo ideal”.