El círculo que apenas comienza

Hay conceptos que, aunque suenen modernos, tienen raíces profundas. La economía circular no es una moda pasajera ni un eslogan verde de temporada. Es una revolución silenciosa que propone reordenar la manera en que producimos, consumimos y entendemos el valor de las cosas. Durante décadas hemos vivido atrapados en un modelo lineal —extraer, fabricar, usar y desechar— que ha dejado al planeta exhausto y a la sociedad dividida entre quienes acumulan y quienes pagan las consecuencias de ese exceso.

El modelo económico actual ha hecho del desperdicio una forma de progreso. Todo lo que no se vende se desecha; todo lo que no brilla se reemplaza. Pero cada residuo, cada material olvidado, cada objeto que se descarta antes de tiempo, representa una oportunidad perdida de volver al ciclo de vida productivo. La economía circular, en cambio, propone cerrar ese ciclo y convertir la basura en valor, lo desechado en recurso, lo usado en oportunidad.

Tuve la oportunidad de participar en las mesas de trabajo convocadas por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) los días 6 y 7 de noviembre en la Ciudad de México, como parte del proceso de construcción de la Política Nacional de Economía Circular (PNEC).

Durante esas jornadas —llenas de diálogo, coincidencias y confrontaciones de ideas— se explicaron los alcances de la ley que se propone y los beneficios que podrían derivarse de su implementación.

El objetivo de estas mesas fue ambicioso: acelerar la transición hacia un modelo de desarrollo sustentable donde nadie se quede atrás. Las mesas técnicas reunieron a representantes de la industria, la academia, la sociedad civil y autoridades de distintos niveles. Fue un espacio valioso de discusión en el que quedó claro que la economía circular no se decreta, se construye colectivamente, con voluntad política, innovación empresarial y participación ciudadana.

Uno de los grandes temas abordados fue la necesidad de romper el paradigma de lo “nuevo”. Se dijo, con razón, que el obstáculo más grande no es tecnológico, sino cultural. Seguimos atrapados en la idea de que lo usado equivale a lo inútil. Nos hemos acostumbrado a desechar sin pensar, a consumir sin reparar, a comprar sin medir el costo real de lo que implica producir. En ese espejo social, el reciclaje y la reparación aún son vistos como actos marginales, casi románticos, y no como herramientas concretas para transformar la economía.

En el debate también se destacó el ejemplo de Francia, país pionero en el tema desde hace más de treinta años. Allí, la economía circular es una política de Estado y no una aspiración. Han creado “ecoganismos” que obligan a los productores a hacerse responsables de los bienes que ponen en el mercado, asegurando su recolección, reutilización o reciclaje. Además, incorporaron el “derecho a reparar”, que no solo empodera al consumidor sino que reconoce el valor de extender la vida útil de los productos y rescata oficios que parecían destinados a desaparecer.

Francia demuestra que la circularidad no solo protege el medio ambiente, sino que impulsa la innovación, la economía local y la cohesión social. Hoy, su modelo genera empleos verdes, reduce emisiones y fomenta un nuevo tipo de ciudadanía más consciente y participativa. Ese es el horizonte al que México debe aspirar.

En nuestro país, la propuesta de la Ley General de Economía Circular y la estrategia que se discute dentro de la PNEC constituyen un punto de partida alentador. Sin embargo, hay que ser realistas: la circularidad no se alcanzará con declaraciones, sino con acciones consistentes y medibles. Requerirá cambios estructurales en la legislación, incentivos fiscales para la innovación sostenible, infraestructura de recolección diferenciada, políticas de compras públicas responsables y, sobre todo, educación ambiental que forme nuevas generaciones de consumidores críticos.

Si se logra lo pretendido, habrá beneficios ambientales, sociales y económicos palpables: menos contaminación, más empleos sostenibles, mayor competitividad y una ciudadanía empoderada. Lo importante será mantener el rumbo, resistir la tentación del cortoplacismo y entender que la economía circular no es una meta, sino una ruta de aprendizaje continuo.

Nos enseñaron que lo nuevo siempre es mejor. Que reparar es perder el tiempo. Que lo viejo estorba. Pero quizá la verdadera modernidad esté en volver a mirar lo que ya tenemos y darle otra oportunidad.

Delirium Tremens.- En las últimos días hemos amanecido bajo una capa gris que no deberíamos normalizar. Nuestra ciudad concentra ladrilleras, la mayor parte de la industria y del parque vehicular del estado, pero sigue sin una política ambiental integral y efectiva. No basta con medir: hay que actuar. El aire limpio es un derecho, no un privilegio; no debemos acostumbrarnos a ver amaneceres grises, sino exigir políticas públicas claras, transparentes y con resultados reales.

 @luisglozano