Pocos eventos logran concentrar tanta atención mediática, política y simbólica como un cónclave papal. Y el que se aproxima, tras el fallecimiento de Francisco, será particularmente decisivo. Detrás del ritual centenario, de la solemnidad de la Capilla Sixtina, se esconde, como siempre, una lucha de poder donde se cruzan intereses doctrinales, geopolíticos y estratégicos. Se trata de la definición del rumbo de una institución que, con más de mil millones de fieles en todo el mundo, sigue teniendo un peso simbólico y real en los debates contemporáneos.
El pontificado de Francisco, iniciado en 2013, se caracterizó por un modelo de Iglesia más abierta, pastoral y cercana a las problemáticas sociales. Su estilo rompió en varios aspectos con el tradicionalismo de sus predecesores inmediatos, e impulsó reformas en temas como la administración vaticana, la disciplina eclesiástica y la relación de la Iglesia con cuestiones globales como la pobreza, la migración y el cambio climático. Sin embargo, esa orientación ha generado resistencias internas.
La Iglesia Católica no solo es una comunidad de creyentes. Es también una estructura de poder global, con una red de influencia que atraviesa fronteras, gobiernos y culturas. La elección de un papa es, en este sentido, una operación de altísimo perfil político donde pesan sustancialmente las redes de alianzas, los equilibrios de facciones y la capacidad de maniobra diplomática.
Parte de la Curia romana, núcleo histórico del aparato de gobierno eclesiástico, ha manifestado de forma más o menos explícita su incomodidad ante los cambios. Para estos sectores, la prioridad debe ser preservar la estabilidad doctrinal y la estructura institucional frente a lo que perciben como riesgos de ambigüedad o dilución de principios fundamentales. Una parte significativa de la maquinaria vaticana ha trabajado, abierta o subrepticiamente, para frenar, diluir o revertir sus iniciativas.
Este choque de visiones será inevitablemente el telón de fondo del próximo cónclave.
Recordemos que en 2016, a raíz de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, cuyo tema central fue suavizar la postura de la iglesia frente al divorcio y ponderar las relaciones familiares, cuatro cardenales, Walter Brandmüller, Raymond Burke, Carlo Caffarra y Joachim Meisner escribieron una carta en la que lo único que faltó para llamar hereje al papa fue usar la palabra “hereje”.
También hay que tener presente el caso del cardenal Angelo Becciu, anteriormente muy cercano al papa y luego defenestrado, al grado de que en 2020 fue despojado de sus derechos vinculados al ejercicio del cardenalato por sentencia papal, en razón de actos de corrupción; sin embargo, como no le fue retirado el nombramiento, ahora Becciu anda por todas partes tratando de colarse al cónclave, aun en contra, al parecer, de dos cartas dejadas por Francisco señalando expresamente que eso no debe ocurrir.
¿Y que decir de las declaraciones del cardenal El cardenal Gherard Ludwig Müller, uno de los más conservadores el Colegio Cardenalicio? Dijo recientemente: “Se ha acabado un capítulo en la historia de la Iglesia. Claramente el último juicio corresponde a Dios, no podemos juzgar a las personas. Pero si hablamos de su pontificado, hay opiniones distintas”, según le dijo al diario italiano La Repubblica.
En otras declaraciones, Müller que el Papa “…debe ser ortodoxo, ni liberal ni conservador. La cuestión no es entre conservadores y liberales, sino entre ortodoxia y herejía. Rezo para que el Espíritu Santo ilumine a los cardenales, porque un Papa hereje que cambia cada día dependiendo de lo que dicen los medios de comunicación sería catastrófico”. Sobre el cónclave ha dicho que “…todos deben tener presente” que la Iglesia “no es una entidad humanitaria o social de carácter internacional”.
Así el ambiente, así el escenario, así el futuro de la iglesia católica. La realidad supera con mucho a la ficción, cuando de cónclaves se trata.
@chessal