El día del Señor...

“Mi marido practica el sexo oral”. Con esa súbita declaración doña Parleta hizo que se abrieran los oídos de todas las asistentes a la merienda de los jueves. “Sí -confirmó-. Lo único que hace es hablar acerca de él”. (Carajo, al hablar der sexo siento que estoy profanando el día del Señor)... Un ladrón horadó el muro de la bóveda del banco y robó dineros de la institución. La genial detective Sheila Kill, de la agencia Pinkerton, fue llamada a  investigar el caso. Una ojeada al escenario del robo le bastó para dar con el meollo del asunto, aunque ella no usa la palabra “meollo” por parecerle malsonante. Dictaminó la detective con voz firme: “El ladrón es Babalucas”. Le preguntó el gerente: “¿Cómo lo sabe usted?”. Explicó Sheila Kill: “Porque hizo un agujero para entrar y otro para salir”... En este punto me viene a la memoria el quetzal, ave cuyo hermoso plumaje fue sumamente apreciado por los antiguos mexicanos. Para no dañar sus largas e iridiscentes plumas el quetzal hacía dos agujeros en el tronco del árbol donde anidaba, uno para entrar y otro para salir. Los emperadores aztecas prohibieron bajo pena de la vida que el quetzal fuera cazado. Sus plumas se reservaban para el adorno de los atavíos del monarca. Es la primera noticia que se tiene de una ley de protección animal. Cuando en Viena vi el penacho de Moctezuma quedé verdaderamente deslumbrado. Me duele que esté ahí, pero temo que si ese prodigio de belleza fuera devuelto a México acabaría en la residencia de algún rastacuero de la 4T, también con dos agujeros -la residencia, no el rastacuero-, uno para entrar a donde está el dinero y otro para salir a Miami, a España o a París. (Carajo, siento que al hablar de política estoy profanando el día del Señor)... El encargado de la Farmacia Tica se sobresaltó cuando una clienta le pidió 50 gramos de estricnina, 50 de arsénico y 50 de cianuro de potasio. “No puedo venderle esas sustancias -le indicó-. Son venenos poderosos; su venta está prohibida”. Explicó la compradora: “Los quiero para asesinar a mi marido. Me está engañando con una mujer a quien usted conoce. Mire”. Así diciendo le mostró una serie de fotografías que mostraban al esposo de la clienta en la habitación 210 del Motel Kamawa en el momento en que hacía el amor con una pecatriz. Sorpresa: la mujer era la esposa del farmacéutico. “Perdone usted, señora -le dijo éste a la clienta disponiéndose a entregarle los venenos-. Ignoraba que traía usted receta”... Igual que millones de turistas estuve en Los Inválidos a fin de visitar la tumba de Napoleón, y tuve que inclinarme en reverencia involuntaria para poder ver su sarcófago. Un examen pericial hecho con las técnicas modernas mostró sin lugar a dudas que el exiliado emperador prisionero de los ingleses murió por envenenamiento arsenical. (Carajo, siento que al hablar de este asesinato estoy profanando el día del Señor)... En el Club Silvestre un nuevo socio entró por equivocación al baño de vapor de damas. Estaba ya en pelotier, si me es permitida esa expresión vulgar, cuando escuchó voces de mujeres que entraban. Se percató entonces de su error, y sin tiempo para vestirse recogió su ropa, se cubrió la cabeza con una toalla para que no se le viera el rostro y salió corriendo con sus partes pudendas al aire. Lo vieron las mujeres -eran tres- y se preguntaron quién sería el hombre. Dijo una: “No era mi marido”. Dijo la segunda: “No. No era tu marido”. Y dijo la tercera: “No es ningún socio del club”. (Carajo siento que al hablar de estas cosas estoy profanando el día del Señor). FIN.