El diálogo ausente

Hace unos años, el Instituto para la Democracia y la Asistencia Electoral -en internet se le puede encontrar como IDEA International- publicó un documento de debate titulado “Intergenerational Dialogue for Democracy” en el que se propone una idea fundamental: Para que la democracia perdure, es necesario abordar el déficit de vinculación política entre generaciones. 

Si lo pensamos un poco, podemos descubrir que no abundan los espacios de construcción de comunidad que involucre el diálogo intergeneracional. Lo normal -si es que así se le puede llamar- suele ser que las instituciones del estado segmenten a la sociedad en grupos de edad e implementen ciertas acciones -o en el mejor de los casos, programas- que afianzan las diferencias generacionales y, por tanto, las brechas entre grupos de una misma comunidad.

Los más avezados han entendido que la demografía tiene mucho que enseñar -irónicamente con la demografía ocurre aquello que describía Georg Lichtenberg en uno de sus aforismos: “No es que los oráculos hayan dejado de hablar, sino que los hombres han dejado de escucharlos”-; y se han puesto a estudiar las composiciones estadísticas de la sociedad para entenderla, no como un todo, sino como un conjunto de partes separadas.

Acciones para la niñez, para la juventud, para la población económicamente activa, para las personas de la tercera edad. Acciones para ciertos grupos de edad en las ciudades, otras similares para quienes habitan en el medio rural. Parecería como si el imperio de los datos justificara una visión de una sociedad que cobra sentido como si se tratara de segmentos de mercado. Tampoco han faltado quienes, entendiendo estas diferencias, se han concentrado más bien en intentar maximizar la rentabilidad política -o electoral, que no es lo mismo- de trabajar con grupos de edad diferenciados.

Y mientras eso ocurre, se acrecienta el conflicto intergeneracional causado en parte por el diseño de políticas sociales que exacerban la segregación etaria. Hablar de entendimiento mutuo, reciprocidad generalizada, identidades y experiencias compartidas se antoja como algo distante; no se trata de una aspiración de armonía comunitaria, sino que es un asunto de estricta lógica. Erróneamente se parte del supuesto que los problemas públicos tienen estructuras diferenciadas entre grupos de edad cuando en realidad los problemas complejos tienen raíces igualmente complejas ¿Por qué no contamos con políticas -que por definición atienden a problemas públicos- diseñadas desde una perspectiva de construcción de comunidad?. 

¿Quién piensa por las instituciones? ¿En dónde se encuentra el centro creativo que concibe y diseña las soluciones posibles ante los problemas públicos? ¿quién diseña las políticas que implementa la administración pública? ¿quién alimenta y enriquece la visión que permite establecer diferencias significativas entre acciones aisladas -y a veces retrógradas- y políticas robustas?. 

Las instituciones del estado requieren de una aproximación heurística para entender mejor a los problemas públicos. Esto no implica desconocer la naturaleza cotidianamente política de las decisiones, pero sí exige inteligencia de diseño. El diálogo intergeneracional está ausente.

Twitter. @marcoivanvargas