Exhumaron a Franco. Sacaron sus restos del Valle de los Caídos en donde reposaron por poco menos de 44 años. Aunque después de lo que ordenó durante casi treinta años de dictadura, lo justo sería que no descansara. Desde que se anunció la intención del gobierno español para sacar del lugar al cadáver, los descendientes de Franco pusieron el grito en el cielo y después de perder varios recursos legales, no tuvieron de otra mas que acudir a cargar el féretro para luego depositarlo en el cementerio del Prado-Mingurrubio, junto a su esposa, Carmen. Y ahí, un grupo de nostálgicos de la dictadura se reunieron para rendirle homenaje. Me acordé de Sabines, quien en un poema finaliza diciendo “Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.” A juzgar por las fotos, a Franco no le faltaría quien le mantuviera esa casa de reposo para muertos bien limpia y ventilada. Seguro se levantaría a vivir.
La ONU en repetidas ocasiones había señalado lo impropio, por decir lo menos, que resultaba que Franco estuviese enterrado junto con las víctimas de la represión que él encabezó. Era una provocación salida desde la tumba y alargada por décadas. Por lo menos dos gobiernos anteriores al de Pedro Sánchez habían tratado de retirar los restos del lugar, sin éxito. La semana pasada, el movimiento finalmente se concretó.
Hace poco vi una película grabada como falso documental titulada en español “Ha vuelto,” que parte de un supuesto e inexplicable regreso de Hitler a la Alemania actual. Contrario a lo que podríamos suponer después de años de sensibilización y estudio histórico del holocausto y de los terrores causados por el nacionalismo exacerbado, la película muestra cómo existen aún personas que sin dudar, seguirían de nuevo a Hitler. Con Franco pareciera lo mismo. Un estimado de doscientas cincuenta personas estuvieron esperando la llegada de los restos a su nuevo lugar de reposo. Hubo gritos de ¡Viva Franco! y todavía al inicio de la ceremonia confiscaron algunas banderas pre constitucionales. Tanto los vivas, como las banderas están ahora prohibidas por el gobierno español. Son una afrenta a los cientos de desaparecidos y a los innumerables muertos.
John Donne escribió un poema genial que remata diciendo: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.” Creo que por eso las muestras franquistas españolas me han cimbrado tanto como si hubiesen ocurrido en México; porque el suyo es un reflejo, mioritario si quieren, pero dolorosamente real, de una porción de la humanidad que somos: aquella que parece no aprender de la historia, la que descarta el pasado y niega su existencia, la que no aprende del dolor y sigue racionalizando el horror hasta conseguirle una justificación.
No soy partidaria de crear héroes y villanos históricos. La complejidad humana difiícilmente puede encerrarse en una u otra categoría. Quizá Franco fue un amoroso padre y un estupendo abuelo y, al mismo tiempo, el hombre que mandó matar a cientos de españoles que le plantaron cara al régimen. Ambas cosas pueden coexistir perfectamente en una sola persona, sin complicaciones. Por eso resulta escalofriante saber que los malos no tengan cara de tales, y que no porten gafete especial que los distinga.
Los monstruos caminan entre nosotros como si nada e incluso pueden ser amables y hasta encantadores. A Musolini, por ejemplo, le gustaba ver El Gordo y el Flaco; Idi Amin Dada, dictador de Uganda, reía a carcajadas con Tom y Jerry. El propio Franco compartía hobbie con Hitler: ambos pintaban al óleo. Sadam Hussein escribió una novela titulada Zabibah y el Rey, bajo un seudónimo. También a Muamar el Gadafi le gustaba escribir, aunque prefería los relatos cortos. Al Capone tocaba el banjo y componía canciones de amor y Kim Jong era un cinéfilo consumado con espíritu de productor y director.
Yo misma he reído a carcajada batiente con El Gordo y el Flaco, acostumbro dibujar con la pluma mientras estoy en reuniones largas, no toco ningún instrumento, pero diariamente escucho música y evidentemente, disfruto escribir. Hay gente que me ama entrañablemente, mientras hay otros que preferirían comer lodo con musgo antes de tener que soportarme. Todo eso soy. No tendría por qué ser diferente en los demás.
Así, cada reflejo de grandeza humana nos toca; pero también es nuestro el reflejo del horror y las bajezas, de la indolencia y la más pura maldad.
Desenterrar a Franco y pasearlo unos metros hasta llegar a su nuevo territorio, ventiló aquello que tratamos de mantener encerrado, pero que no por eso significa que no exista. Cuando el ataúd fue expuesto al aire, temieron que se deshiciera. Incluso el gobierno español había dispuesto de un féretro nuevo, en caso de que el primero colapsara. La familia se negó a que se movieran los restos a una nueva caja. Todo el tiempo, mientras lo cargaban, temían que los huesos de Franco acabaran desparramados en el suelo. Tal cosa no sucedió, pero si nos recordó que si bien es cierto, la maldad no puede mantenerse enterrada por siempre, al exponerla y hacerla visible, puede deshacerse al contacto con el aire y la luz.
Si estuviera cierta de la existencia del más allá, creería que Franco y el grupo de miserables al cual pertenecen los malditos de su clase, no gozarán de un descanso eterno pacífico y bondadoso. Sin embargo, de lo que no dudo, es que en este mundo cierto, es indispensable sacarlos de cuando en cuándo a ventilar y ponernos frente al doloroso reflejo de nuestra propia miseria.