El extranjero imaginario

Hay reformas constitucionales que parecen escritas con seriedad; otras, con esa mínima calidad que acostumbra a usar ese siniestro personaje que es Ricardo Monreal Ávila. Dice mucho porque no dice casi nada.

La nueva iniciativa del tipo este pretende anular elecciones cuando “se acrediten actos de intervención o injerencia extranjera que influyan en los resultados electorales”. Leída de corrido, la frase suena patriótica, marcial, casi de himno escolar. Leída palabra por palabra empieza a parecer una puerta giratoria instalada en plena Constitución para la permanencia de una dictadura.

Primera palabra sospechosa: “se acrediten”. ¿Quién acredita? ¿Con qué pruebas? ¿Con qué estándar? ¿Basta una nota periodística, una publicación en redes, un informe de inteligencia, una declaración diplomática, una conferencia mañanera, un meme nacido en Miami, Madrid o Moscú? La Constitución, que debería hablar con la precisión de un cirujano, aquí habla como recepcionista de hotel de media gala: “déjeme ver qué se puede hacer”.

Luego viene “actos”. No conductas, no aportaciones, no financiamiento, no operación coordinada, no sabotaje informático, no propaganda pagada. “Actos”. La palabra sirve para todo, desde transferir dinero ilegalmente hasta tuitear con acento extranjero. En derecho, cuando una palabra sirve para todo, normalmente termina sirviendo para lo que el poder necesite ese día.

Después aparece la pareja teatral, digna de vodevil, “intervención o injerencia”. Parecen sinónimos, pero no lo son. Intervenir supone meter la mano; injerir puede bastar con meter la opinión. La intervención es el ladrón entrando por la ventana, en tanto que la injerencia puede ser el vecino gritando desde la banqueta que no le gusta el color de la casa. La reforma mete ambas figuras en la misma bolsa y luego nos pide dormir tranquilos porque la bolsa estará bien vigilada. Y aquí es donde nos debe dar miedo, mucho miedo.

Sigue “extranjera”, palabra que en México tiene enorme capacidad escénica. El extranjero siempre ha sido útil en la política nacional: aparece cuando conviene explicar lo inexplicable. Si las cosas salen mal, fue la mano negra; si salen peor, fue la mano extranjera. La ventaja del extranjero es que puede ser cualquiera, ya sea un gobierno, empresa, organización civil, medio de comunicación, plataforma digital, observador electoral, académico incómodo o periódico internacional con la mala educación de publicar algo antes de la jornada electoral.

Luego llega el verbo más peligroso: “influyan”. No dice “determinen”, no dice “sean decisivos”, no dice “alteren de manera objetiva y cuantificable”. Dice “influyan”, lo que puede ser cualquier cosa.

 Toda elección está hecha de influencias. Influye la economía, influye la inseguridad, influye el carisma, la torpeza, la propaganda, la lluvia, el miedo, la esperanza, la gasolina, el dólar, el algoritmo y hasta la canción pegajosa del candidato. Si “influir” basta, la nulidad deja de ser remedio extremo y se convierte en control remoto desde Palenque para tener el control del país.

Finalmente, “resultados electorales”. ¿Cuáles resultados? ¿La votación final? ¿La diferencia entre primero y segundo lugar? ¿La participación? ¿La percepción pública? ¿La conversación digital? ¿El humor colectivo? La frase parece jurídica, pero tiene alma de horóscopo, ya que cada quien puede leer en ella lo que quiera.

Una cosa es perseguir al tiburón; otra, vaciar el océano porque alguien vio moverse el agua. La Constitución no debería ser una novela de espías ni un manual para malos perdedores. Una causal de nulidad electoral tiene que ser excepcional, precisa, demostrable, proporcional y estrictamente judicial. Si no, deja de proteger el voto y empieza a vigilarlo con binoculares ideológicos.

El extranjero real debe preocuparnos, pero el extranjero imaginario más, porque el primero puede intentar influir en una elección, pero el segundo puede servir para anularla.

X: @jchessal