En 1995, Esteban Moctezuma fue sacrificado, políticamente, por el entonces presidente Ernesto Zedillo. La presión del EZLN (que se sentía agredido por la persecución, con toda la fuerza estatal, del subcomandante Marcos) y de amplios grupos de la sociedad civil mexicana que reclamaban respeto a los acuerdos de paz en Chiapas, así como la irrupción de “El Barzón” (en tanto que movimiento de sectores productivos agobiados por la crisis financiera agudizada con el “error de diciembre” de 1994), pusieron contra las cuerdas al primer mandatario. Los “vientos del sur” y los “vientos del norte” cerraron la pinza, exhibiendo a Zedillo como traidor y represor. Esteban tuvo que dejar la secretaría de gobernación para calmar un poco las agitadas aguas.
Paradójicamente, el aislamiento de Esteban del gabinete zedillista le evitaría contaminarse del desgaste político que marcaría el fin de la presidencia de Zedillo por graves hechos de represión, como la masacre de indígenas tzotziles en Acteal, municipio de Chenalhó, Chiapas, el 22 de diciembre de 1997. Esteban renunciaría luego al PRI y se dedicaría a tareas filantrópicas a través de la dirección de la Fundación Azteca, manteniéndose en un perfil más cercano a la iniciativa privada que al de un servicio público cada vez más cuestionado de los gobiernos “prianistas” por sus excesos y corrupción. Zedillo acabaría traicionando al PRI, entregando el poder a una oposición que incumpliría las expectativas de un cambio de fondo para el país.
Esteban afianzó, entretanto, su relación con AMLO y ahora es pieza clave de la 4T en el ámbito de la educación en tanto que titular de esa área estratégica de la administración pública federal, zanjando con éxito el problema heredado del gobierno de Peña Nieto relacionado con la mal denominada “reforma educativa”. Ahí la lleva Esteban en ese ámbito; empero, los objetivos de la 4T son de amplio espectro y el presidente AMLO requiere de colaboradores que puedan profundizar el cambio a lo largo y ancho del país. En ese propósito, es entendible que las gubernaturas que estarán en juego el próximo año se tomen con toda responsabilidad política por el gobierno federal, por lo que sería ingenuo pensar que un perfil como el de Esteban no pueda ser considerado como una opción en apoyo de la cruzada presidencial.
En ese contexto, la mención que se ha hecho de la eventual candidatura de Esteban por “Morena” y otros partidos aliados para la gubernatura potosina, tiene asidero lógico y, digamos que, hasta histórico. Por una parte, puede cumplir con los requisitos legales y, por otra, se aprecia como una carta fuerte que podría concitar la unidad de distintas expresiones partidistas y hasta de otros sectores sociales que lo verían como alguien por encima de intereses domésticos y de facción. ¿Quién mejor que un colaborador directo que podría sumar al proceso de orden y centralización que empuja el presidente Obrador, y que, por ejemplo, a pesar de que así lo pregonó, Peña Nieto jamás logró porque la mayoría de “sus” gobernadores resultaron una bola de pillos consumados, como el tristemente célebre Javier Duarte de Veracruz?
Como se ha sugerido, tal vez sea, apenas, una suerte de “globo sonda” o “tanteómetro político” para medir las reacciones de su eventual participación como candidato a gobernador en 2021. Por supuesto, ya metió ruido a la sucesión local y será interesante seguir los pasos que pueda dar en esa dirección, así como los de quienes consideran que podría verse afectada su, por lo demás, legítima aspiración, por el actual secretario de educación. Junto con esto, seguir el derrotero de la renovación de la presidencia de Morena en el país, aunque ya se sabe que el factótum de tal determinación última será AMLO, sobre todo por la reiterada complicación para definir a quienes ocupen sus órganos de dirección. Pero ese tema lo dejamos para otra ocasión.