El fracaso de la política

Daniel Innerarity en su libro “Una teoría de la democracia compleja” comienza con una advertencia lapidaria: «La principal amenaza de la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad. Nadie diría que la simpleza, con ese aire de inocente descomplicación, puede actuar de manera tan corrosiva sobre la vida política, pero en ocasiones los enemigos menos evidentes son los más peligrosos».

En este espacio hemos hablado ya sobre el éxito de la anti-política, es decir, sobre lo redituable que resulta el empleo de la uniformidad, la simplificación y los antagonismos toscos para proponer un modelo político que se basa en la negación de sí mismo: no necesitamos partidos políticos, no necesitamos instituciones, no necesitamos políticos sino ciudadanos, en casa no se debe hablar de política, tampoco en la escuela ni en la oficina. La burocracia es un mal que debe erradicarse. Menos estado como sea posible.

El éxito de estos discursos es mayor en aquellas personas que, por las circunstancias que Usted quiera, no aceptan a la complejidad como una clave para interpretar a la realidad. Es por eso que las propuestas políticas de la simpleza rinden buenos frutos. ¿Qué importa si los problemas sociales son complejos y multifactoriales? ¡la solución es sencilla!. No es necesario que en el debate público se hable de los múltiples factores que explican y justifican a la acción de las Instancias de gobierno. No es que las instituciones del estado hayan fallado en cumplir sus objetivos: es que vivimos en un momento en el que una falacia simple es más aceptada que una verdad compleja.

Sinceramente pienso que el fracaso de la política puede desdoblarse en 2 situaciones concretas. Por una parte, se encuentra la insuficiencia teórica para poder comprender la realidad: nuestros viejos conceptos se han quedado cortos para poder describir y entender la realidad del día de hoy.  Los casos están en todas partes; identidad, pluriculturalidad, movilidad, género, infodemia -por mencionar solo algunos ejemplos-. La construcción de la teoría normalmente viene persiguiendo una realidad que avanza muchísimo más rápido. Y allá, mucho más atrás, se encuentra la política, con sus reglas, sus discursos y sus instituciones, que buscan regular aquello que no terminan de comprender. Urge legislar, ¿pero qué tenemos que legislar?. La segunda situación se refiere al fracaso de las instituciones para poder legitimarse frente a un público que decide no comprender lo complejo. Y esta es una gran paradoja: el mundo cada vez se torna más heterogéneo, profundo y diverso pero la sociedad parece alejarse de la plurisignificación de lo que vivimos. 

El distanciamiento entre la práctica política y la teoría basada en el conocimiento ha sido ya descrito desde hace varias décadas. A mitad del siglo XX por ejemplo, se habló del enfoque de “políticas públicas” como la posibilidad de contar con un gobierno ilustrado, es decir, con un gobierno que toma decisiones desde la comprensión científica de los problemas. Hoy comenzamos a advertir que el enfoque ya es muy distinto: no sólo no importan las descripciones científicas que permiten comprender los problemas, lo importante es que el poder del estado se legitime frente a la población que, por décadas, mira con escepticismo el alejamiento de las instituciones que le representan. 

Los embates de la simplificación podrían tener como resultado el derrumbamiento del orden institucional como lo conocemos. Mientras escribo esto, no dejo de pensar en el episodio histórico reciente del asalto al Capitolio ocurrido en Estados Unidos 6 de enero de 2021. Es sansón, furioso y cegado, tirándose el templo encima.

Comienzo a entender que los embates del discurso simplificador no pueden ser contestados con explicaciones complejas: muchas personas están realmente preocupadas por las implicaciones prácticas que tendría por ejemplo la aprobación de la reforma electoral -el denominado plan b- para la organización de las elecciones del año 2024. El debate público no se va a ganar con advertencias técnicas, con descripciones sofisticadas o con razones complejas.

Permítanme ser claro: pienso que la aprobación de la reforma puede presentar escenarios desafiantes y probablemente indeseados en la organización de una elección compleja por sí misma. Pero otra cosa distinta es pensar que la complejidad de sus implicaciones será una razón suficiente para evitar que se apruebe. Hay que saber leer los tiempos.

Continúa Innerarity: «la renuncia a la sofisticación teórica da lugar a una práctica política que beneficia a quien mejor se maneja en el combate por la simplificación, aunque de este modo no se aporte ninguna claridad e incluso se dificulte la inteligibilidad de lo que realmente está en juego».

Twitter. @marcoivanvargas