El futuro ya nos alcanzó

Las inversiones que hoy se hacen, mañana serán un monumento a las malas decisiones.

A mediados de los años veinte del siglo XXI, buena parte del mundo —incluido México— sigue invirtiendo como si el clima fuera una constante y los recursos eternos. Se construyen gasoductos e inversiones basadas en petróleo como si esos recursos prometieran ser la joya energética del futuro, se subsidian modelos agrícolas que dependen de lluvias que ya no llegan, se multiplican ciudades costeras como si el mar fuera un vecino educado que sabe no invadir. La ciencia lo advierte desde hace décadas: el clima cambia, el agua desaparece, la tierra deja de producir, la gente se mueve. 

Pero los gobiernos de nuestro país parecen vivir bajo una premisa que basa su tranquilidad en la ignorancia: el futuro será amable... o al menos suficientemente discreto como para no arruinar el discurso político del presente. El problema es que el futuro no está pidiendo permiso; está ya ocurriendo.

El mundo se está reconfigurando alrededor de tres fuerzas brutales y profundamente conectadas: la disponibilidad de agua dulce, la viabilidad de la agricultura y la movilidad humana forzada. El agua determina quién puede comer, el hambre decide quién tiene que irse, y las migraciones redibujan las fronteras y los equilibrios políticos. Asia enfrenta hoy crisis hídricas masivas; grandes cuencas que alimentan a cientos de millones ya no garantizan su caudal. No es alarma ambientalista, es aritmética física: se bombea más de lo que la naturaleza repone, se usa más de lo que existe y, aun así, seguimos actuando como si el planeta fuera un cajero automático infinito.

¿Está usted invirtiendo en bienes raíces? ¿Se ha preguntado cuál es la viabilidad hídrica de las inversiones que hoy está haciendo? No hay que irnos tan lejos: ¿se ha preguntado cuál es la viabilidad hídrica del lugar en el que vive ahora?.

México no observa esta crisis desde las gradas. Está en la cancha, y muy mal parado. Está catalogado entre los países con mayor estrés hídrico rumbo a 2050, con regiones enteras —sobre todo el centro y el norte— donde vive la mayor parte de la población y fluye apenas una fracción del agua. Varias cuencas críticas pasarán pronto a disponibilidad "extremadamente baja", los acuíferos se recargan cada vez menos, las sequías se intensifican, los sistemas como el Cutzamala se vacían mientras casi la mitad del agua se pierde en tuberías añejas. El discurso oficial suele hablar de obras, inversión, infraestructura y el orgullo de decir que se gasta muchote. La realidad responde con una frase incómoda: este no es un problema de presupuesto; es un problema de agua que no existe. Ningún decreto hace llover.

Y si el agua colapsa, colapsa la agricultura. México basa cerca del 80% de su producción agrícola en temporal, es decir, en lluvia. Justo lo que el cambio climático vuelve impredecible. Los modelos climáticos no son literatura apocalíptica: anticipan pérdidas severas de cultivos clave como maíz, frijol, trigo o sorgo. No en un rincón del mapa, sino en regiones enteras que dejarían de ser viables hacia la segunda mitad de siglo (¿ya se dio cuenta que hoy comienza el segundo cuarto de siglo?). No se trata de una mala temporada: se trata de un país que ya no puede sembrar en buena parte de su territorio lo que sostiene su alimentación y su identidad productiva. Y cuando la tierra deja de alimentar, la gente se mueve.

El desplazamiento humano será el otro gran terremoto. México tendrá que lidiar simultáneamente con millones de personas expulsadas internamente del norte agrícola colapsado, y con migrantes centroamericanos que también huyen del clima, la sequía, la destrucción de sus medios de vida. El detalle que hace que el escenario pase de preocupante a absurdo es que las ciudades que recibirían a esa población —Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey— no tienen viabilidad hídrica de mediano plazo. Colapso urbano significa que las ciudades no pueden garantizar agua estable para la población creciente. La respuesta actual del Estado mexicano ha sido miope, por decir lo menos.

Y, sin embargo, México sigue apostando su dinero al pasado. Se invierte en gas y petróleo como si fueran activos del mañana, se insiste en sostener a PEMEX como tótem político y económico aunque el mercado energético ya haya elegido otro rumbo, se construyen infraestructuras que en 2075 valdrán poco más que el metal que pueda rescatarse. No es ideología, es economía básica: cuando las renovables son más baratas que operar plantas fósiles, insistir en lo contrario es una forma muy cara de negar la realidad. Del mismo modo, durante años se edificaron cientos de miles de viviendas en periferias sin servicios, lejos del empleo, sin transporte viable. Hoy muchas están vacías; mañana serán testigos arqueológicos de una política urbana que confundió "construir casas" con "construir ciudad". Y mientras tanto, territorios como la Península de Yucatán —potencial refugio climático— se deforestan y contaminan aceleradamente en nombre del desarrollo inmediato. Convertimos lo que podía ser salvación en un problema más.

Las proyecciones sobre México hacia 2075 y más allá oscilan entre colapso abierto, adaptación caótica o transición planificada. En el peor de los casos, el país fracasa en reconvertir su agricultura, gestionar el agua o rediseñar sus ciudades; el norte se vacía, las urbes revientan, la violencia por recursos se vuelve rutina. En un escenario menos trágico pero igualmente mediocre, México improvisa: llega «raspando» a un futuro más pobre de lo que podría haber sido.

¿Por qué no se actúa con la urgencia que amerita el problema? Porque el sistema político piensa en ciclos de seis años y las crisis climáticas se miden en décadas. Porque PEMEX y las viejas inercias económicas tienen más poder que cualquier dato científico. Porque el talento técnico se va o no decide. Porque consuela pensar que "todos los países están mal", como si eso redujera el impacto real aquí. Y, quizá lo más doloroso, porque aceptar que buena parte del modelo agrícola, urbano y energético del país es inviable equivale a aceptar que la idea misma de México tiene que cambiar. Y eso cuesta más que cualquier obra pública: cuesta aceptar la realidad.

Mientras tanto, se siguen construyendo gasoductos, ampliando desarrollos inútiles, degradando ecosistemas estratégicos y tratando la crisis climática como nota de color o tema incómodo. Algún día, en unas décadas, alguien caminará entre tuberías oxidadas, fraccionamientos vacíos y tierras estériles, y hará la pregunta obvia: ¿qué estaban pensando los gobiernos que pudieron cambiar algo y no lo hicieron? La respuesta será tan breve como devastadora: estaban ocupados en otra cosa. En cualquier otra cosa, menos en el futuro del país que decían defender.

La caminera

Salud y República. Feliz año 2026.