El Guardián

Tan importante como los edificios son los personajes que, casi sin darnos cuenta, forman parte del paisaje de San Luis. A él lo vi desde hace casi veinte años que comencé a trabajar en el centro. Supongo que debemos de tener más o menos la misma edad, pero la suya, a diferencia de la mía, ha de ser una historia de abandono, quizá desamor y palpable descuido. 

En esos años andaba yo en el poderosísimo Nubecino, mi primer carro, un Volkswagen color azul bebé que un día navegó por el río de Santiago, flotó como barca fenicia desde Pedro Moreno y salió rozagante por el Camino a la Presa.  Cuando no jugaba a ser barco, el Nubecino me acompañaba a surcar las calles del centro antes de que hubiera parquímetro, y sin problema, porque siempre fui mañanera, solíamos estacionarnos en algún punto de la calle Comonfort, a unos metros de lo que entonces era el Supremo Tribunal de Justicia y que ahora es sede de las oficinas del Congreso del Estado. Ahí, tempranito, cerraba bien al Nubecino y caminaba hacia mi trabajo, usualmente sin sobresaltos. Ese día, sin embargo, vi que un hombre de vestimenta haraposa, cara y manos llenas de mugre, hablando solo y manoteando con fuerza, como peleándose con un interlocutor invisible, se acercaba a mí en sentido contrario y francamente, me dio miedo. Eran las siete y algo de la mañana, la calle estaba sola y opté por cruzar la calle hacia la acera contraria. De reojo vi cómo el hombre siguió su alegato imperturbable y se alejaba de mí. Casi para tomar aliento de nuevo, escuché que decía: “-¡Oye, oye!-“, instintivamente volteé y ahí estaba el hombre, parado junto al Nubecino, haciéndome señas, “-¡La ventana, la ventana!-“ No alcanzaba a ver mucho, pero lo dijo con una voz tan terminante, que sin pensarlo mucho agarré mis llaves y me acerqué al carro. Efectivamente, la ventana del copiloto tenía unos tres o cuatro centímetros abiertos. Más que suficiente para que alguien metiera un alambre, abriera el carro y me robara al Nubecino.  Abrí la puerta, me incliné hacia el lado del pasajero y di vuelta a la manija hasta que la ventana quedara perfectamente sellada. El Guardián estaba ahí, observando todo. Olía a una mezcla de thinner y pulque, y me sonreía con la cara de las papas Sabritas. “-Muchas gracias, joven-“, le dije. El Guardián se inclinó en una especie de reverencia, me dio la espalda y siguió con su alegato.

Desde ese día lo vi seguido.  No pocas veces lo encontré sentado en la banqueta, justo frente al Nubecino. Hablaba frente a él, o quizá con él. No se me haría extraño que el Nubecino le contestara, dado que en aquél entonces yo solía acomodar mis ideas hablando a solas en el carro, y aunque a mí nunca me respondió, sentía que entre ellos dos había una relación más afín. En cuanto yo llegaba, el Guardián se paraba, me dejaba meter mis cosas, y luego nos despedíamos, él siempre con la misma inclinación solemne contrastante con su cara de Sabritas.

Dejé el centro, me fui de México, regresé a San Luis, trabajé en otros rumbos. De vez en cuando veía al Guardián, siguiendo su monólogo interminable mientras deambulaba por el centro. Vi que había perdido pelo y el que quedaba ya comenzaba a pintar canas. A veces empujaba un carrito de supermercado que antes no tenía en cuyo frente recargaba a veces su estómago, como para descansar. De vez en vez también lo acompañaba un perro flaco, de pelaje blancuzco tirándole a mugriento y me dio gusto que se hicieran compañía. 

Hace unos meses volví al centro y a sus edificios. Francamente no me acordé del Guardián hasta que hace unos días, mientras caminaba sobre Independencia y me topé con él casi de frente, cuando dio la vuelta procedente de Carranza. Fue inevitable sonreírle. Él se quedó impávido unos segundos, luego sonrió con su cara de Sabritas, me dedicó una familiar reverencia  y agregó una inclinación donde movió ambos brazos para cederme el paso. Comprobé que seguía oliendo a thinner y pulque y me despedí diciéndole que mi carro ahora es negro y lo  había dejado  sobre Arista. Seguramente también se entenderán.