Existe una tendencia casi automática a intelectualizar el futbol para restarle mérito, a despacharlo como un simple distractor masivo. Sin embargo, reducir la pasión de millones a una mera manipulación es ignorar un fenómeno social complejísimo: el futbol, nos guste o no, posee una capacidad casi milagrosa para tejer puentes ahí donde la política y la economía solo han dejado fracturas. Es, quizás, uno de los últimos reductos donde una sociedad profundamente diversa y fragmentada se reconoce en un mismo espejo.
Esa dualidad entre la gran maquinaria detrás del deporte y el sentimiento auténtico de la tribuna es lo que la pantalla chica nos ha invitado a reflexionar este año a través de la nostalgia. Netflix ha puesto sobre la mesa dos radiografías históricas que se complementan de manera perfecta.
Por un lado, la miniserie Brasil 70 (A Saga do Tri) nos traslada a la que muchos consideran la cumbre estética del balompié: el tricampeonato de Pelé. Más allá de la magia en la cancha, la producción no esconde el complejo tablero político de la época. Aquella mítica selección jugaba bajo la sombra de una dictadura militar que intentó, por todos los medios, capitalizar el jogo bonito como un bálsamo de unidad nacional. Lo interesante no es el cálculo del régimen, sino la respuesta de la gente: en el grito de gol, el pueblo brasileño encontró un espacio de identidad y dignidad colectiva que la realidad política les negaba. El futbol no borró la dictadura, pero le devolvió al ciudadano la propiedad de su propia alegría.
Por el otro, la película México 86 de Gabriel Ripstein aborda una coyuntura entrañable y dolorosa para nosotros. Con un Diego Luna atrapado en las vicisitudes de un país que intentaba levantarse tras los escombros del sismo del 85, la cinta nos muestra cómo la Copa del Mundo llegó en un momento de enorme vulnerabilidad. Sí, el torneo fue el resultado de intensas negociaciones de pasillo y estrategias de legitimación política, pero lo que ocurrió en las calles rebasó cualquier libreto oficial.
El Mundial del 86 no inventó la hermandad mexicana, pero la encauzó. En un país herido, el Estadio Azteca y las plazas públicas se convirtieron en el espacio de sanación colectiva. Olvidamos por unos momentos el desamparo institucional no por ingenuidad, sino por la imperiosa necesidad humana de abrazar al de al lado, de sentir que formábamos parte de algo más grande y luminoso que nuestras crisis diarias.
Ahí radica la verdadera fuerza unificadora del futbol. No es que el deporte sea una panacea moral o que cure los males de una nación; su magia es más modesta y, a la vez, más poderosa: opera como una tregua comunitaria. Es el único lenguaje en el que el ciudadano común y el más encumbrado comparten la misma angustia y la misma euforia en el mismo segundo.
El futbol une porque nos permite experimentar la ilusión de una patria fraterna, horizontal y unida por una causa común, aunque sea por noventa minutos. Y en un mundo tan necesitado de treguas como el nuestro, ese instante de comunión no es poca cosa; es un cable a tierra que nos recuerda que, a pesar de todo, seguimos sabiendo cómo caminar juntos. Es nuestro hilo invisible.