El hombre sin nombre

En mil novecientos veintiséis, en un cementerio de Turín, Italia, un hombre fue encontrado andando sin rumbo. Estaba desorientado, sin documentos, sin recuerdos, sin pasado. Cuando la policía lo interrogó, no supo decir su nombre. Nada de nada. 

Lo llevaron al manicomio de Collegno como “desconocido”, y ahí comenzó una de las historias más extrañas del siglo XX en el foro italiano. Una historia que tuvo de todo: esposas enfrentadas, tribunales divididos, médicos, periodistas, políticos y un país entero discutiendo quién era ese hombre. Porque dos familias, de ciudades distintas, lo reclamaron como propio.

Para unos, se trataba de Giulio Canella, profesor universitario, filósofo católico, desaparecido en la Primera Guerra Mundial. Para otros, era Mario Bruneri, tipógrafo, estafador, prófugo de la justicia. Dos perfiles opuestos, dos historias distintas, dos pasados divergentes e irreconciliables. Dos mujeres asegurando que ese rostro, aunque con años encima y la amnesia, era el de su esposo. 

El país se partió: una mitad creyó ver al académico que volvía del infierno de la guerra; la otra, al sinvergüenza que burlaba la ley por enésima vez.

El asunto llegó a los tribunales, se hicieron peritajes, se compararon cicatrices, estaturas, acentos; se analizaron firmas, cartas, testimonios. Nada era convincente. La ciencia forense, en ese entonces joven e incipiente, entró en escena: las huellas digitales coincidían con las de Bruneri. Para muchos, eso cerraba el caso. 

Pero para Giulia Canella, esposa del profesor, no. Ella mantuvo hasta su muerte que aquel hombre era Giulio. Cuando la justicia italiana lo declaró Bruneri y lo mandó a prisión por delitos pasados, Giulia lo esperó. Al salir, se fueron a vivir a Brasil. Allá, por cierto, le devolvieron el nombre que ella nunca le quitó: Giulio Canella.

¿Era o no era? Hoy, casi cien años después, un análisis de ADN hecho por descendientes sugiere que sí era Bruneri. Pero el enigma persiste. Porque en este caso, la verdad legal y la verdad emocional se dividieron sin remedio. Y porque hay historias que se resisten a morir solo con documentos.

Esta historia, que los italianos aún recuerdan como la del Smemorato di Collegno, el desmemoriado de Collegno, fascinó al país por años. Se escribieron libros, se filmaron películas, se hicieron obras de teatro. Luigi Pirandello, se inspiró en ella para escribir Come tu mi vuoi (“Como tú me deseas”): una obra donde una mujer sin memoria es moldeada por quienes la rodean, según lo que necesitan que sea. Leonardo Sciascia hizo una magnífica narración del caso en El Teatro de la Memoria, solo por citar algunos.

En el fondo, este caso nos habla de algo más profundo: la identidad no es solo una cuestión de papeles o huellas digitales, sino también de deseo, de historia compartida, de fe. Giulia necesitaba que ese hombre fuera su esposo. Tal vez porque no soportaba que no lo fuera. Tal vez porque quería reconstruir lo perdido. O tal vez porque, en el fondo, la verdad no le importaba tanto como el sentido que ella había decidido darle a su vida.

¿Cuántas veces hoy creemos lo que queremos creer? En redes sociales, en política, en los medios, ¿cuántas veces una historia se vuelve “cierta” solo porque queremos que lo sea? ¿Cuántas veces ignoramos las pruebas, las fechas, los datos, porque ya tomamos partido? Vivimos en un tiempo donde lo emotivo suele superar lo verificable. Donde una imagen, aunque falsa, tiene más fuerza que una aclaración. Donde los likes importan más que la lógica.

En la política nos pasa igual. Nos venden ideas envueltas en narrativa. Se aprueban leyes con nombres bonitos pero efectos dudosos. Se presume actividad legislativa con iniciativas a granel, aunque sean humo. Importa más el gesto que el contenido. Y cuando los números no cuadran, se ajustan las gráficas. Todo puede negociarse, incluso la verdad.

¿Qué queda de la verdad cuando la memoria se convierte en teatro o, peor aún: en propaganda?

X: @jchessal