Hace muchos años tuve oportunidad de asistir a una puesta en escena de una adaptación de Macbeth, extraordinaria obra de la autoría de William Shakespeare, representación que llevó por nombre “Macbeth, el asesino del sueño”.
La razón del título la encontramos en lo que Macbeth dice a su esposa en la escena II del segundo acto: “Creí escuchar una voz que gritaba ¡No volváis a dormir, que Macbeth mata el sueño! , el inocente sueño, el sueño que teje sin cesar la maraña de las preocupaciones, la muerte del ir viviendo cotidiano, baño de la fatiga, bálsamo de las heridas de la mente, plato fuerte en la mesa de la Naturaleza, principal alimento del festín de la vida.”
Eso obedece a que Macbeth y su esposa asesinan al rey Duncan mientras duerme, lo que provoca que luego la culpa haga sus estragos en la capacidad dela señora Macbeth para conciliar el sueño.
Dejo aquí esta referencia, a la que volveré más adelante.
Una de las funciones fundamentales del Estado mexicano es dar seguridad a sus habitantes. En nuestro país, para tal cosa, existe todo un sistema establecido a nivel constitucional que entrelaza a las autoridades de los diferentes niveles de gobierno para acciones concertadas en contra de la delincuencia.
El artículo 21 de la Constitución señala que la seguridad pública es una función del Estado a cargo de la Federación, las entidades federativas y los Municipios, cuyos fines son salvaguardar la vida, las libertades, la integridad y el patrimonio de las personas, así como contribuir a la generación y preservación del orden público y la paz social, de conformidad con lo previsto en la propia Constitución y las leyes en la materia.
La seguridad pública comprende la prevención, investigación y persecución de los delitos, así como la sanción de las infracciones administrativas, para lo cual las instituciones que participan en el sistema deben regirse por los principios de legalidad, objetividad, eficiencia, profesionalismo, honradez y respeto a los derechos humanos.
El Ministerio Público y las instituciones policiales de los tres órdenes de gobierno, sigue diciendo la Constitución, deberán coordinarse entre sí para cumplir los fines de la seguridad pública y conformarán el Sistema Nacional de Seguridad Pública, que estará sujeto, entre otras, a las siguientes bases mínimas: el establecimiento de un sistema nacional de información en seguridad pública a cargo de la Federación al que ésta, las entidades federativas y los Municipios, a través de las dependencias responsables de la seguridad pública, proporcionarán la información de que dispongan en la materia, además de las bases de datos criminalísticos, así como la formulación de políticas públicas tendientes a prevenir la comisión de delitos.
Un vistazo a las actuales políticas de seguridad del señor López nos demuestran que la prevención general que surge de la eficacia de un sistema de seguridad pública nacional no se cumple, dado que en un ejercicio de análisis de costo-beneficio respecto de sus actos y consecuencias, los delincuentes (organizados y desorganizados) saben que las probabilidades de ser capturados y llevados ante la justicia son casi nulas.
Con esa pueril justificación de “atacar las causas”, lo que ha dado lugar a la etiqueta de “abrazos y no balazos” López ha generado convicción en la delincuencia que no pasa nada si se viola la ley y se afecta a terceros. No pasa nada si se roba, se mata, se defrauda, se trafica con armas y un larguísimo etcétera oculto en las cifras nunca publicitadas de las instituciones del sistema de seguridad pública.
De esta forma, López ha robado a los delincuentes el temor a la ley, a la policía, a las cárceles; les ha regalado la impunidad y con ello la osadía.
De la misma forma que Macbeth, en la obscuridad, de manera subrepticia, ha traicionado y robado la esperanza y la tranquilidad a la población, la certeza de salir de casa y volver a ella.
@jchessal