El más allá

Llegará pronto noviembre y con ello iniciará para muchos, una reflexión personal sobre lo ocurrido en el año y quizá en la vida de cada quién.

Es noviembre el mes del “más allá” de la vida después de la muerte o de la muerte de esta vida como la conocemos. Noviembre es mes de calaveras y fusiones fronterizas que han calado hondo y nos hacen vestirnos de fantasmas, monstruos, brujas y personajes fantásticos, pero que también nos regresan a la vida de los difuntos: “los que se nos adelantaron”, “los que pasaron a mejor vida”, “los que gozan de la presencia de Dios”, los pequeños que partieron antes de conocer la vida junto a sus padres y familiares.

Buenos o malos, creyentes y paganos, los seres humanos hemos conservado la costumbre de dedicarle a los muertos una fecha en el calendario de cada año, que nos recuerde que estuvieron presentes, que dejaron huella, que su presencia fue importante, que les debemos parte de nuestra vida o toda ella completa, que somos carne de sus huesos y sangre de sus venas. En fin.

Sus imágenes en fotografías, se colocan en lugares privilegiados de nuestras casas y por ello sentimos como si habitaran de nuevo entre nosotros. Hablamos de ellos en las sobremesas, record, cuando podían expresarse en nuestro mismo lenguaje. 

Y hoy que ocupan un nicho una tumba, que su destino es incierto, que ofrecemos misas en su memoria, comidas llenas de recuerdos y otras ceremonias al terminar, tenemos que asimilar que se han ido y que a pesar del dolor, uno termina por acostumbrarse a su “no estar aquí”.

Hay quienes creemos que su energía está entre nosotros o bien que nos escuchan e interceden ante las divinidades y nuestro “padecer terrenal”. Lo cierto es que no podríamos tener certeza ni de que están en el cielo o en que se han convertido en polvo cósmico, residuo de luz de estrella, componentes de nuevos planetas, fragmentos de universo que con su energía mantienen la gravedad y la atracción interplanetaria. Y creo que pasarán muchos años para que empecemos a tener certeza de la existencia del alma o del espíritu. 

Pero nos gusta creer en el más allá y tener en qué creer porque a muchos nos da esperanza y disipa ese sentimiento existencialista que a veces a algunos, nos invade, siendo habitantes “del más acá”.

Me gusta todo esto y las lunas de octubre que preceden este ambiente en donde el clima nos manda mensaje subliminales y nos invitan a recordar nuestro paso transitorio por el mundo vestidos de seres humanos, una experiencia única que seguramente añoraremos cuando nos convirtamos en partículas que giran entre los anillos de Saturno o en algún vórtice de algún agujero negro.