El Mundial busca accionistas

Gianni "Don" Infantino quiere que la FIFA deje de ser solamente una federación deportiva se comporte, al menos en parte, como una empresa atractiva para los grandes fondos de inversión. La idea tiene nombre, FIFA Forward Enterprise, pero detrás de esa etiqueta amable hay una operación de enorme alcance que busca reunir en una nueva filial los negocios más rentables del organismo y vender hasta veinte por ciento de su capital a inversionistas privados.

En esa sociedad quedarían concentrados los derechos de televisión, los patrocinios, la venta de boletos, las licencias comerciales y la organización económica de competiciones como la Copa del Mundo y el Mundial de Clubes. La FIFA conservaría la mayoría accionaria y, según Infantino, también el control absoluto sobre las decisiones deportivas. Los inversionistas pondrían miles de millones de dólares, pero no podrían decidir calendarios, reglamentos, sedes ni formatos.

Sobre el papel, parece algo impecable para conseguir hoy una gran cantidad de dinero sin entregar la plaza. FIFA calcula que la nueva empresa tendría un valor cercano a veinte mil millones de dólares y, con el proyecto, cada una de las 211 asociaciones nacionales recibiría veinte millones de dólares para desarrollo y podría solicitar otros veinte millones extraordinarios. Para federaciones pequeñas, que sobreviven con presupuestos modestos, es "una oferta que no pueden rechazar".

El problema es que nadie invierte miles de millones por amor al futbol. Los fondos privados no compran recuerdos, himnos, banderas ni fotografías levantando la Copa. Compran rentabilidad. No importa que no tengan voto sobre la alineación de las selecciones, exigirán que el negocio crezca, que los ingresos aumenten y que su participación valga más cuando llegue el momento de venderla. Ahí comienza el verdadero partido.

Para elevar constantemente el valor de la empresa habrá que transmitir más, vender más, patrocinar más y cobrar más. Podrían multiplicarse los torneos, ampliarse los calendarios, encarecerse las entradas, fragmentarse las transmisiones entre plataformas y convertirse cada espacio disponible en una oportunidad comercial. 

También existe el riesgo de recibir dinero inmediato a cambio de comprometer ingresos futuros, como si se vendiera por adelantado una parte de la cosecha de los próximos veinte años. Hoy las federaciones reciben cantidades extraordinarias, mañana deberán compartir con socios privados el valor generado por torneos que todavía no existen. 

Por eso el procedimiento ha provocado tanto rechazo como el contenido. UEFA, Concacaf y la Confederación Asiática denunciaron falta de consulta, transparencia insuficiente y plazos demasiado cortos. Concacaf preguntó, además, por qué necesita capital privado una organización que acaba de celebrar el Mundial más rentable de la historia y dispone de reservas considerables. UEFA fue todavía más lejos y amenazó con retirar a sus selecciones de las competiciones de FIFA mientras el proyecto siga vivo.

Las confederaciones también defienden sus propios espacios de poder y sus negocios, pero su objeción central merece atención. El deporte profesional lleva décadas asociado con cadenas de televisión, patrocinadores, plataformas, bancos y fondos. La pureza económica del futbol no es tal.

No es lo mismo contratar empresas que convertirlas en copropietarias. Un patrocinador termina su contrato y se va, en tanto que un accionista adquiere derechos, expectativas y capacidad de presión, incluso con una participación minoritaria; su presencia cambia la lógica institucional.

Infantino presenta su propuesta como una forma de repartir más recursos entre todos. Sus críticos la ven como una privatización gradual del patrimonio más valioso del futbol. El balón seguirá siendo redondo, pero la duda es quién terminará cobrando por cada giro y quién decidirá hacia dónde debe rodar en las próximas décadas.

A fin de cuentas, el futbol es lo de menos.

X: @jchessal