Se acabó el Mundial y en México se demostró que el futbol no fue simplemente un deporte, fue la conexión que mantuvo unida a una nación diversa, contrastante y, sobre todo, apasionada; durante esta temporada demostramos que el verdadero poder es el de ser mexicanos.
Cuando la Selección Mexicana fue a la cancha, no solo iban once jugadores, iba el aliento de millones que creyeron, desde los que contaban historias de mundiales pasados hasta los que estrenaron su primera camiseta con la ilusión intacta. Fue nuestra historia mundialista con la certeza de que, sin importar los pronósticos, siempre existirá la posibilidad de que ¿Y si sí?, una pregunta que se convirtió en mantra de unidad que llegó a cambiar la narrativa ante el escepticismo mediático y la crítica constante que rodeaba al equipo tricolor, pero ese ¿Y si sí? no solo se refiere al futbol, esconde algo mucho más profundo y significativo: la capacidad de las y los mexicanos para romper con el complejo de inferioridad y permitirnos soñar con la gloria máxima, que nos permite unificarnos en un optimismo que nos recorre el cuerpo, una especie de código secreto que solo nosotros entendemos. Durante semanas ¿Y si sí? se volvió casi como un reclamo social, inundó las redes sociales, las sobremesas familiares y los cánticos en el estadio que reportó, encuentro tras encuentro, lleno total.
A lo largo de la historia de los mundiales, México ha forjado hitos que van más allá de un marcador; el pueblo nos fundimos en un mismo poder, el poder de creer en la Selección Mexicana, misma que ha sido protagonista de momentos que han quedado grabados en la memoria colectiva hasta la consolidación de un estilo de juego que siempre compite cara a cara con las potencias, sin achicarse; ahí es donde ocurre el verdadero milagro que incluso va hasta lograr que el Zócalo capitalino, las plazas públicas, las calles, los deportivos, los hogares y el estadio se repleten y que tanto la bandera de México como el Himno Nacional Mexicano se conviertan en un refugio donde todos cabemos y del que todos nos sentimos orgullosos de pertenecer cobijados por ese escudo que defiende.
Sin caer en mediocridad ni conformismo, el triunfo más glorioso de México en los mundiales es su capacidad de generar una identidad compartida en cada encuentro. Históricamente nos han recetado que el éxito se mide en trofeos, pero hay otros indicadores de éxito: los logros de México en las Copas del Mundo se miden con la piel, con el eco que le enseñó al planeta cómo se quiere a un equipo; el triunfo se escribe con el festejo de las atajadas de Ochoa en 2014 a Brasil, o con ese sismo real que provocamos cuando el "Chucky" Lozano en 2018 derribó a Alemania en Rusia y en este 2026 con la despedida del mismo Ochoa ovacionado en la cancha o los goles del ya muy mexicano Quiñones, o de Jiménez o el niño maravilla Gilberto Mora; en México lo más, más valioso no ha ocurrido dentro de la cancha sino en el alma de las y los mexicanos que nos atrevimos a ganarle al miedo.
La narrativa se rompió y dejamos de esperar el desastre o el error. Esa es nuestra verdadera victoria histórica, haber sembrado en cada corazón el poder de creer, devolvernos la esperanza, ser valientes, entregados, capaces de mirar a los gigantes a los ojos sin bajar la mirada.
Cada cuatro años, en México le demostramos al mundo que tenemos el poder de creer y ahí es donde México ganó y ya ha ganado para siempre.
(Maestra en Derecho Constitucional y Derechos Humanos)
@DanielaCordAre