Por más que trato, no puedo acordarme del día que hice el examen para entrar en la universidad. Es como si no hubiera existido. Recuerdo bien, en cambio, que meses antes mi amigo Daniel y yo estuvimos en un salón del Potosino llenando los formatos que se entregaban a la escuela para que iniciaran los trámites de ingreso. Yo desde hace tiempo sabía que iba a estudiar Derecho. En ese entonces lo tenía claro, aunque revisando en retrospectiva, la elección fue más por inercia que por otra cosa. Él, en cambio, siempre ha sido discreto rayando en tumba del Saucito, así que no me enteré que compartíamos elección sino hasta que leí sobre su hombro el formato de aspirantado. Entonces, sentí como si se abrieran las puertas del cielo porque habría una cara familiar en esa jungla que me decían era la universidad. Luego supe que Alejandra, mi amiga desde el jardín de niños, también estaría por ahí y el alivio fue mayor. Después todo queda en blanco. Supongo que mi papá me llevó el día del examen, pero no estoy segura. No se si vi a Daniel o a Alejandra ese día. Tampoco guardo ninguna sensación que pudiera darme pista si se me hizo fácil o difícil. No recuerdo haber tenido un plan B, ni tampoco haber estado demasiado estresada. Supongo que estaba nerviosona, pero francamente, no estoy segura.
Lo que sí recuerdo es que mi amigo Marcos se iba a largar un año a Indiana y la noche que daban los resultados, publicados en esas antiguas épocas únicamente en periódicos impresos, había una fiesta de despedida. Recuerdo bien estar al pie de la escalera de su casa y que él, Miguel y el ya mencionado Daniel, fueron a los arcos de Palacio Municipal a esperar a que llegaran los periodiqueros con los diarios recién salidos de las prensas y llevarlos a nosotros, los recién egresados preparatorianos. Ahí vimos que todos habíamos ingresado a donde habíamos elegido. Por ahí queda una foto de nosotros, escuincles creyéndonos ser adultos, girando alrededor de las hojas del periódico.
Lo que sí recuerdo claramente es el primer día de clases en la Universidad y tengo todavía en el pecho la sensación de espanto y felicidad que tuve por lo menos esa primera semana. Ya no estaba en prepa. Yo, desde la pequeña burbuja en la que me había educado, viniendo de escuelas particulares, no estaba ni medianamente lista para afrontar a esa marea de gente, todos distintos a lo que yo había estado acostumbrada. Era una niña fresa, de colegios fresas, con gente fresa.
La universidad fue generosa conmigo. Me abrió las puertas una variedad que únicamente ella podía darme. Creo que ahora que los años han pasado, lo que más valoro no son los cientos de páginas que leí, ni las tareas que hice, ni los exámenes que aprobé, sino haberme enfrentado a todo bendito mundo, en un solo salón de clase.
Maestros tuve de todo: genios generosos, personas entregadas, flojos consumados, histéricos dañados. En su momento repelé, me di de topes contra la pared y luego, entendí que su misión fue prepararme para afrontar jefes, compañeros de trabajo, que eran una copia al carbón de ese tipo de personas, los desgraciados. Ya sabía cómo enfrentarlos: si lidié con malos maestros por un año, podía lidiar con gente como ellos en la oficina.
Pero también con orgullo puedo decir que tuve también maestros cuyo ejemplo aún trato de seguir y tengo la fortuna de todavía poderles llamar para pedir consejo cuando la cosa se pone ruda. Conocí a docentes con una vocación que sobrepasaba el deber de una hora de clase, gente a la que aprendí cómo quería yo tratar a las personas y que me motivaron a hablar, especialmente cuando no estuviera de acuerdo y a jamás avergonzarme por pensar distinto.
Tuve compañeros de clase que venían de condiciones mucho más privilegiadas que yo, incluso recuerdo a uno que lo esperaban los guaruras en la puerta. Tenía también a colegas que mal libraban para comer unas papas en todo el día porque su condición económica simplemente no daba para más. Me senté con gente tremendamente competente y con otros que no acertaban a identificar la “o” por lo redondo. Pero ahí, dentro del salón, todos éramos iguales. La universidad me enseñó sin texto alguno, sobre la diversidad, la tolerancia y la democracia.
Este domingo me di cuenta de que ya tengo amigos cuyos hijos han llegado a ese momento que hoy yo ya no recuerdo: hicieron examen de admisión, unos pasaron, otros no. Leí (Facebook se encargó de enterarme) cuentas cargadas de orgullo y otras de desánimo. Entiendo perfectamente a los unos y los otros. Sin embargo, y perdonen el atrevimiento, pero debo decirles que al paso del tiempo, ni la aceptación, ni el rechazo definirán sus vidas. Esto será una más de las miles de experiencia que ustedes, jóvenes, tendrán que vivir. Pero habrá otros momentos, mucho más delicados, mucho más definitivos. La universidad será importante, pero no lo más importante. Les doy mi palabra.
La universidad en realidad pone el universo a nuestros pies y quien lo entiende bien, aprenderá a no pisotearlo, sino a mantenerse en el suelo amarrado a la realidad, para que un día, devuelvan a quienes vienen atrás, el honor de ser parte del mundo, concentrado en un salón de clase.
Envío: a Charito, Lía y Regina.