Dos estadounidenses, Robert E. Hall y Michael Woodford, fueron reconocidos por sus aportaciones a los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica. Detrás de esa fórmula poco amistosa para el lector común, se encuentra una pregunta que todos comprendemos ¿cómo evitar que una crisis económica arrastre nuestros empleos, ahorros y proyectos?
Una economía moderna nunca permanece inmóvil, hay periodos de expansión, en los que aumentan el consumo, la producción y las contrataciones; y otros de contracción, cuando las empresas venden menos y las familias se aprietan el cinturón. ¿Le suena conocido?
El problema no es que existan altibajos, sino que algunos pueden transformarse en desempleo masivo, inflación persistente o pérdida del patrimonio familiar.
Durante buena parte del siglo pasado, los gobiernos recurrieron a las ideas de John Maynard Keynes, consistentes básicamente en que, cuando la actividad económica cae, el Estado puede estimularla mediante el gasto público y los bancos centrales pueden reducir las tasas de interés. Sin embargo, las crisis petroleras de los años setenta mostraron que las recetas tradicionales no siempre funcionaban, pues los precios subían mientras la economía se estancaba. ¿Cómo combatir simultáneamente ambos problemas?
Hall y Woodford contribuyeron a reconstruir la respuesta. Su punto de partida parece simple, pero cambió profundamente la manera de ver las crisis; en esencia ambos galardonados dicen que la economía nacional no es una máquina independiente de sus habitantes, es el resultado de millones de decisiones de personas y empresas que compran, ahorran, invierten, contratan y fijan precios.
Hall estudió, entre otras cuestiones, cómo decidimos gastar nuestro dinero. No basta conocer cuánto gana una familia hoy, también importa qué espera ganar mañana; si teme perder su empleo, probablemente pospondrá la compra de un automóvil; si confía en su futuro, quizá se anime a solicitar un crédito. Las expectativas cambian cuando aparece información nueva, y por eso el consumo no puede pronosticarse con la exactitud de un calendario.
Woodford profundizó destacó el papel de las decisiones empresariales y el papel de los bancos centrales. Un comerciante no fija sus precios mirando únicamente sus costos actuales, también considera lo que espera de sus proveedores, competidores y clientes. Las autoridades económicas no solo influyen mediante las medidas que adoptan, sino también mediante lo que explican sobre sus decisiones futuras.
Esta perspectiva permite distinguir dos tipos de sobresaltos. A veces cae la demanda porque las familias dejan de comprar y otras veces suben los costos porque escasean combustibles o materias primas. No es razonable responder de idéntica manera a problemas distintos, la clave está en diagnosticar antes de intervenir.
Pensemos en la inflación. Si trabajadores, comerciantes y consumidores creen que continuará acelerándose, pueden actuar de maneras que dificulten su control. Por eso la credibilidad de un banco central debe partir de anuncios comprensibles, consistentes y respaldados por decisiones responsables. La confianza no sustituye una buena política económica.
Estas ideas importan para México. Cuando el Banco de México modifica las tasas de interés, sus efectos llegan, tarde o temprano, al costo del crédito, las inversiones y las decisiones domésticas. Cuando el gobierno decide gastar más, endeudarse o ajustar su presupuesto también modifica las expectativas. La estabilidad requiere coordinación institucional, pero no subordinación de una autoridad a otra.
Al final, la contribución de Hall y Woodford nos devuelve a una evidencia frecuentemente olvidada. Debemos considerar que, detrás de cada indicador económico hay personas que intentan construir un futuro. Una economía estable no es aquella cuyos números lucen mejor en un discurso, sino aquella en la que las familias pueden planear su vida con menos miedo al mañana.
X: @jchessal