En la revista electrónica Nexos, hay una sección llamada “el poema diario”. Ahí llego de vez en cuando como quien se acerca a una banca debajo de un árbol después de una larga caminata bajo el sol. A veces “la banca” está ocupada o está rota o bien está sucia. No siempre permite el asiento, pero al menos simboliza el descanso y el cuidado de “la ciudad” por sus habitantes.
Esta semana el poema diario se llama “los viajes (tríptico)”…me dispongo a leerlo con la idea de buscar el descanso de la mente, o ver si encuentra en la lectura algo que le haga eco, que la entretenga y la divierta porque la poesía también puede ser divertida, creo yo.
Es un poema joven (2007), que como el título advierte, lleva de viaje al lector, un poema en mares exóticos que insinúa posibles amores, coqueteos y quizá un futuro que el pasajero protagónico, pudiera encontrar a bordo.
La mente descansa entonces imaginando los parajes extravagantes que cita su autor, aún sin mencionar sus nombres en el papel electrónico. De todos modos, uno los imagina con títulos difíciles de pronunciar, y a una distancia que se antoja recorrer cuando la vida se estaciona en ese tedio que a todos alguna vez nos rodea. Hacer maletas y preparar equipaje siempre es parte de la ensoñación de quienes emprenden aventuras fuera de casa.
Leer un poema parece una misión imposible cuando la tendencia dicta a gritos la necesidad de actualización sobre los últimos acontecimientos. Así, el poema desde ese rincón en una revista electrónica o dentro de un libro en un cajón o en un escritorio, emite su vibración para que lleguemos a él y sin juzgarlo, nos acomodemos en el ritmo melódico de sus palabras, sus frases triviales que a simple vista parecen dulzonas o inútiles. Nada tan útil como leer sin un motivo y solo por el placer que las frases producen en lugares del cuerpo que aún no han sido nombrados ni descubiertos.
Esta noche leeré poemas de viajes, de amor, de protesta; o sobre la naturaleza, el futuro y la sociedad. La idea es poner la mente en una hamaca imaginaria y dejar que las palabras la arrullen en medio de tanto barullo social.