El ritmo con el que transcurre el tiempo en nuestros días es el más vertiginoso que el ser humano haya experimentado, no hay tregua, no hay pausa para oler el café –ni el vino--. Las modas, las tendencias (una de ellas es usar <trend> en lugar de nuestro sustantivo) afectan todos los aspectos de nuestra vida y la viticultura no es la excepción; por otro lado, el sentido de efimeridad es intrínseco a ellas, es decir, se oponen a lo que permanece, a lo atemporal, a lo clásico.
La enología, al ser un arte, es de naturaleza dinámica, pero no todo lo que es novedad, no todas las propuestas, las aventuras, vencen al tiempo y se convierten en referencia, en modelo, no todas las ideas ni todas las ejecuciones alcanzan la posteridad. En el equilibrio entre este dinamismo y el valor de la tradición, entre lo vanguardista y lo clásico, está la historia del Arte. El concepto de “tradición de ruptura” del que hablaba Octavio Paz en Los hijos del limo nos sirve para cuestionar este tan diseminado impulso (especialmente en la vinicultura mexicana) de hacer algo novedoso más que de hacer algo bien.
Las modas o tendencias en el vino aquejan a cada uno de sus elementos, desde las variedades hasta los estilos, pasando por las regiones que son más populares durante determinado lapso. Pensemos en cómo, por ejemplo, han ido evolucionando en los últimos años, con una velocidad desmesurada, las preferencias del mercado en las uvas blancas españolas:
¿Recuerdas, caro lector, cuando la albariño hizo su irrupción, allá en los 90? Bueno, pues a esta joya gallega siguieron la godello, la verdejo, ahora la albillo, entre otras. Los albariños se quedaron, cogieron su lugar en las cartas de los restaurantes y están establecidos; pero ¿sucederá lo mismo con la godello?
Tenemos la otra cara de la moneda: la viura o macabeo ha sido por siglos la cepa principal de los vinos blancos de Rioja; como esta región ha tenido sus fluctuaciones entre los más advenedizos, dejó de ser tendencia en el mercado durante décadas, al punto de que viñedos se arrancaron y bodegas descontinuaron o redujeron sus producciones, estando algunos de estos caldos entre los mejores vinos blancos del mundo, verdaderamente excepcionales. Ahora estas etiquetas han sido redescubiertas por los mercados más influyentes (EUA y Asia) y el interés y la demanda por los viuras riojanos ha vuelto. Ven ustedes ahora el problema.
Igual podríamos recordar cómo fueron sucediéndose en el cénit Ribera del Duero, Priorat, Toro, Bierzo, Jumilla, ahora regiones como Méntrida o Canarias. Afortunadamente Rioja ha vuelto por sus fueros (luego de haber cedido su lugar por una temporada a los más chavales) gracias a la revolución de forma y fondo que ha experimentado en los últimos años.
En cuanto a los estilos, es fácil ver las consecuencias que nos dejó la famosa “parkerización” que padeció la industria por décadas: vinos con un estilo forzado, identificado por los eufemismos “internacional” o “moderno”, anaqueles repletos de botellas con un contenido estándar, sin identidad, sin rastros de su terruño, tiendas enteras conquistadas por imitaciones. Y mejor ni hablar de los vinos “de autor”.
A nadie parecía interesarle en los 90 un modelo absoluto como Tondonia, hoy en día es imposible conseguir una botella de Gran Reserva. La clave es que estas bodegas han pasado por esos altibajos antes, tienen siglos de estar, de ser; su pespectiva es diferente, tienen respeto y amor por su tradición y no les asustan las tendencias, saben que son pasajeras. Ellos no cambiaron para estar a la moda, se actualizan en algunos aspectos, como es necesario, pero mantienen su esencia y ahora capitalizan. Lo clásico siempre vuelve.
Lo que provoca la velocidad en la que se van sucediendo las tendencias y el excesivo foco del mercado en lo que está de moda es que las nuevas generaciones se forman con un gusto también homogéneo, también internacional, con una personalidad neutra; consumidores que se casan con ese estilo fácil, frutalote, sin complejidad, sin sello, plano, intrascendente; bebedores que no conocen más que un estilo, el reguetón del vino, y desprecian casi todo lo demás, desprecian lo verdaderamente original, desprecian lo auténtico por lo trendy.
Vea usted qué vinos mexicanos reinan en el mercado: son de fórmula, de receta, vinos de tumpa-tumpa, incluso los hay de origen dudoso (¿a partir de caldos sudamericanos?), pero esto no se nota porque todos estos vinos se parecen en el mundo y porque sus compradores están acostumbrados a que todo les sepa parecido, mientras en nuestro país existe un universo creciente de bodegas comprometidas con la calidad, con la identidad, con el respeto por la expresión auténtica de un terruño.
En el mercado manda la moda, no la calidad, y con esto tenemos una oferta dominada por vinos que disfrazan su descaste con la máscara de lo estándar.
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