El jueves 5 de marzo, se conmemoró el Día Mundial de la Eficiencia Energética. La fecha, que existe desde 1998, no debería reducirse a una efeméride decorativa ni a una publicación institucional de ocasión.
Durante años hemos entendido la eficiencia energética casi exclusivamente como un asunto doméstico: apagar focos, desconectar aparatos, comprar un refrigerador que consuma menos o revisar la famosa etiqueta amarilla antes de adquirir una lavadora, un calentador o un aire acondicionado. Y sí, todo eso importa. Importa porque las normas de eficiencia energética y el etiquetado permiten comparar equipos, reducir consumo y orientar mejor la decisión del consumidor. El problema es que seguimos tratando una política pública como si fuera sólo un consejo de buena conducta.
La discusión, además, ya rebasó por mucho el ámbito del electrodoméstico. La eficiencia energética no es sólo una virtud del consumidor cuidadoso; es una necesidad climática, económica y hasta urbana. En un país donde la generación neta de electricidad a partir de fuentes limpias fue de apenas 23.4% en 2024, la conclusión es bastante clara: la transición energética mexicana sigue siendo insuficiente y el margen para seguir derrochando energía simplemente ya no existe. El kilowatt más barato, más limpio y más rápido de conseguir sigue siendo el que no se desperdicia.
Y aquí es donde San Luis Potosí entra al centro de la conversación. Nuestro estado no puede hablar de desarrollo, inversión, industria y competitividad sin hablar al mismo tiempo de eficiencia energética. La actividad económica potosina creció 3.1% anual en el primer trimestre de 2025, y las actividades secundarias —es decir, industria, construcción, minería y electricidad— avanzaron 5.4%. Eso significa más producción, más movilidad de mercancías, más naves industriales, más enfriamiento, más bombeo, más demanda eléctrica. A ello se suma que San Luis Potosí se ubica en una entidad con alto potencial para energías limpias, particularmente solar, y además enfrenta episodios severos de calor, con registros superiores a 45 grados en municipios de la Huasteca. En otras palabras: tenemos más necesidad de energía, más presión climática y también más razones para usar mejor cada watt.
Por eso, el primer gran desafío para San Luis Potosí es dejar de pensar la eficiencia energética como un tema de propaganda verde y asumirla como política pública medible. Los edificios gubernamentales, hospitales, escuelas, oficinas públicas y espacios municipales deberían ser el primer laboratorio serio de ahorro. No hay ninguna justificación para seguir operando inmuebles públicos con iluminación obsoleta, pobre aislamiento térmico, equipos viejos de aire acondicionado o consumos eléctricos que nadie audita.
El segundo desafío es entender que, en San Luis Potosí, hablar de energía obliga a hablar de agua. No existe bombeo sin electricidad, no existe potabilización sin energía, no existe distribución sin consumo energético. Y en una entidad marcada por contrastes regionales en disponibilidad hídrica, seguir desperdiciando energía equivale también a encarecer y tensionar el acceso al agua.
El tercer desafío está en la ciudad que seguimos construyendo. San Luis Potosí no puede darse el lujo de continuar autorizando fraccionamientos, plazas, oficinas y edificios mal orientados, con materiales térmicamente ineficientes, sin sombra suficiente, sin techos adecuados, sin cristales apropiados y sin criterios bioclimáticos básicos.
El cuarto desafío es industrial. Si el estado celebra con razón cada nueva inversión, también debería exigir con la misma energía una ruta clara de desempeño ambiental y energético. No basta con presumir expansión manufacturera, parques industriales o nuevas plantas; hay que preguntar cuánta energía consumirán, cuánta agua requerirán, qué tecnologías de eficiencia incorporarán, qué parte de su demanda cubrirán con esquemas limpios y qué estándares de medición pública estarán dispuestas a cumplir. Competitividad sin eficiencia es pan para hoy y presión climática, hídrica y financiera para mañana.
El quinto desafío es social, y quizá por eso mismo el más importante. La ineficiencia energética castiga más a quien menos tiene. La paga la familia que compra el aparato más barato porque no puede adquirir el más eficiente. La eficiencia energética, bien entendida, no es un lujo ecológico: es una herramienta de justicia social.
Por eso, en San Luis Potosí ya no basta con repetir que hay que cuidar el planeta. Eso lo sabemos todos.
La eficiencia energética no significa vivir peor; significa vivir mejor con menos despilfarro. Significa gastar menos para obtener el mismo servicio. Significa contaminar menos sin reducir dignidad. Esa debería ser la discusión después del 5 de marzo. No una jornada conmemorativa más, sino el inicio de una exigencia local seria.
Delírium trémens.- Hoy corresponde hacer una pausa y expresar un abrazo solidario a la Familia Valladares, con sincero pesar por la pérdida que hoy les enluta.
@luisglozano