Como profe que soy de Ciencias Políticas, da gusto y susto -en la misma medida- encontrar que la teoría y la realidad se van trenzando casi sin darse cuenta y, de esta manera, vamos detectando advertencias históricas que no es que las olvidemos, sino que a veces parece convencernos de que pertenecen en exclusiva al pasado.
Cuando leemos a Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, tendemos a imaginar desfiles militares en blanco y negro, discursos resonando en altavoces oxidados y regímenes monolíticos devorando continentes enteros. Nos consolamos pensando que aquello fue una anomalía del siglo XX y que nuestra sofisticada modernidad nos inmuniza contra la barbarie.
Nos equivocamos.
El totalitarismo no irrumpe de la noche a la mañana con un golpe de estado o un decreto imperial. Arendt lo dejó meridianamente claro: el terreno fértil sobre el cual se erigen las dictaduras perfectas se cultiva mucho antes en la microfísica de la vida cotidiana. Empieza en pequeño. Se anida en las grietas de la vida civil, en la mesa de un café, en el grupo de WhatsApp de los vecinos, en la polarización que normaliza la deshumanización del otro. He ahí lo escalofriante del totalitarismo: va despacito y comienza donde menos lo imaginamos.
La primera señal que detectó la filósofa alemana no fue la violencia explícita, sino el aislamiento y la atomización social. Cuando las instituciones intermedias se debilitan, cuando el tejido social se desgarra y los individuos se sienten solos, desamparados e incapaces de incidir en su entorno, la sociedad se convierte en una masa informe. Y esa masa, hambrienta de certidumbre y pertenencia, es peligrosamente maleable.
El proceso de fermentación totalitaria es insidioso porque avanza por etapas que parecen inofensivas: comienza con la erosión del lenguaje que dinamita la verdad fáctica (imposible olvidar a Víctor Klemperer), se reemplaza la mentira por el argumento y los datos objetivos son sustituidos por otra verdad de la cual no hay datos objetivos para comprobarlo. Consecuentemente, la capacidad crítica acaba atrofiándose, causando un eventual acuerdo terrorífico: si nada es cierto, entonces todo está permitido.
Luego, se cancela la alteridad. Los adversarios políticos dejan de ser un par para disentir y se vuelven enemigos a erradicar. La más elemental empatía se diluye y lo poco que queda, se reserva para quienes piensan exactamente como nosotros. Después, se normaliza el exceso, comenzando por el exceso de palabras: lo que ayer se decía y nos indignaba, ahora se normaliza. Lo inaceptable de ayer, se vuelve cosa de todos los días. La frontera de la tolerancia se va moviendo poco a poco y la anomalía se vuelve norma.
De pronto —y ese "de pronto" es solo el resultado de años de anestesia colectiva— la semilla que germinó en espacios insignificantes salta a las estructuras del poder. Y para cuando nos damos cuenta, la libertad ya no es un derecho, sino una concesión condicional.
Cualquier nación, por más sólida que presuma su democracia, camina diariamente sobre este alambre delgado. El reto del presente no es prepararse para combatir a los fantasmas del pasado, sino aprender a reconocer las actitudes totalitarias en el presente: la intolerancia en nuestras aulas, el fanatismo en la conversación pública, el desprecio por las leyes cuando no nos favorecen, y esa tentación constante de entregar nuestra responsabilidad ciudadana a cambio de promesas de orden absoluto.
Arendt nos legó una lección incómoda: los regímenes totalitarios no los construyen solo los tiranos, los alimentan las sociedades que renuncian a pensar, a dudar y a defender el espacio público como ese lugar donde cabemos todos, especialmente los que piensan distinto.
Vigilar esos pequeños espacios donde empieza la erosión no es paranoia; es, sencillamente, el precio de seguir siendo libres; por eso, hay que reconocer eso que habita entre nosotros.