El paso del tiempo no necesariamente trae consigo sabiduría, pero sí puede dar perspectiva, siempre y cuando una esté despuesta a dejarse revisar parada desde una frontera que antes no sabíamos siquiera que existía. Entonces, ahí, en el límite, comenzamos a darnos cuenta de los hechos y personas que tuvieron alguna influencia en lo que acabamos convirtiéndonos.
“Éramos felices y no lo sabíamos”, se dice. En realidad, yo sí he sabido cuando he sido feliz y cuando no. Por eso recuerdo mis primeras épocas escolares con cierto tono agridulce, porque recuerdo mucho y lo recuerdo bien. Sin embargo, no hay amargura. Tuve amigas, pero también chicas que me hicieron sentir mal; tuve buenos y malos maestros; me enseñaron ideas brillantes y otras más cercanas al medioevo que al siglo que vivíamos. Al final aprendí de todo. Y así ha sido desde entonces, un desfile de actores que por momento fueron parte de mis protagónicos. Curiosamente con el paso del tiempo, entendí que nadie tiene roles fijos, sino que todos vamos pasando a veces con reflectores sobre nosotros y otras en completa obscuridad y nadie nos ve.
Hoy he pensado en ese uniforme de falda escocesa roja, en el chaleco verde y los zapatos cafés. Hace ya años soñé en el patio de la escuela: me acababan de dejar por la mañana muy temprano, estaba sola ahí en medio del inmenso lugar y había neblina. Sentía que había alguien más, pero no estaba segura. Podía advertir ciertas voces, pero yo no quería gritar preguntando quien andaba por ahí, porque en las películas después de eso, sale alguien con un hacha y mata a quien pregunta. Entonces decidía caminar hacia donde yo pensaba que estaba la escalera central que daba acceso a las galerías donde estaban los salones. Sentí que topaba con algo y supe que había llegado al escalón. Traté de subir, pero me paralizó el miedo. Luego, hice acopio de fuerza y avancé. Tengo fresco el sentimiento de tensión. Luego todo se desvaneció y me vi ya afuera del colegio, sobre la calle de Tomas Estévez. Había sol, y en el umbral vi a muchas de mis compañeras, distinguí las caras de quienes fueron mis amigas esos años. Supe que ya no había neblina en el patio y escuché la inconfundible voz de niñas jugando en el recreo. Entendí que yo también había jugado con ellas bajo el sol. Me inundó una sensación cálida. Supe que ya era otra y que todo aquello, incluyendo la neblina, había tenido su valor.
Me he reencontrado con varias, ahora adultas, con franco cariño y bajo circunstancias por demás variadas. Una de ellas, hoy lunes que escribo, se ha ido para siempre a vivir en los recuerdos de quienes compartimos patio de juegos. Se va con el sol que iluminaba la puerta del colegio y con la sonrisa amable que abona la parte dulce de mis recuerdos de aquél entonces. Adiós, Mónica, y gracias por las pequeñas pláticas, por las bolsas, por el rompope y la natilla de almendra. Hasta siempre, te voy a extañar.
Envío: para la señora Lourdes, porque nadie, nunca debería vivir la pérdida de un hijo. Para Pato, con todo el cariño de quien conoció a tu mamá y para Luly, que amó a su hermana hasta el infinito.